“Dios es único, eterno, inmutable, inmaterial, todopoderoso, soberanamente justo y bueno, infinito en todas sus perfecciones”
Desde que el hombre tiene conocimiento del mundo espiritual, su relación con el mismo ha variado en función de las épocas, las religiones o su grado de creencia.
Vaya por delante nuestro respeto más absoluto a todas las religiones y creencias, pues todas ellas, de una u otra forma, en mayor o menor medida y a lo largo de la historia, han conseguido reducir el primitivismo, la violencia y la tendencia del ser humano a imponer la ley del más fuerte, haciendo comprender al hombre la existencia de un Dios superior y de unas leyes morales que rigen la vida del alma.
Sabemos que en muchos casos la espuria interpretación de la propia religión y sus jerarcas han sido los impulsores de guerras injustas y crueles en el nombre de ese “Dios exclusivista” que sólo a ellos otorga el carácter de verdad absoluta. Sin embargo, y a pesar de ello, colocando en la balanza los pros y contras, la religión en su conjunto ha sido motor de civilización y dulcificación de las costumbres a lo largo del tiempo y de las eras.
Tanto es así que en las religiones antiguas era común, por parte de los sacerdotes o dirigentes de las mismas, suponer que ellos estaban guiados por los antepasados notables, los santos, los avatares o los espíritus que se habían destacado en sus vidas en la Tierra como eminentes ejemplos de comportamiento o de representación de la religión que se tratara. Los “dioses” de las culturas antiguas no eran más que los espíritus que guiaban sus orientaciones y algunas decisiones.
Esta idea sigue presente hoy día, e incluso desde hace siglos ha marcado el “exclusivismo” de multitud de religiones o movimientos espirituales que se creen en posesión de “la única verdad”, porque “ellos y no otros” son los genuinos representantes del cielo en la Tierra.
Lo vemos con frecuencia en la argumentación de todas las religiones que señalan a sus representantes en la Tierra (jerarquías, sacerdotes, obispos, etc.) como los auténticos representantes de la divinidad en la Tierra, investidos de infalibilidad en algunos casos y de portavoces directos de la divinidad que los acompaña en su misión de perdonar.
Estos planteamientos que han llegado hasta hoy son propios de tiempos primitivos, con teologías basadas en el dogma y el inmovilismo, férreas concepciones de un “supuesto poder” que la divinidad les ha otorgado a estos representantes “exclusivamente”.
Aquí podemos colocar a la mayoría de las religiones que hacen de su ideario particular el ideario de la propia divinidad, como si esta última fuera tan pequeña, limitada y estrecha que el resto de la humanidad que no profese tal o cual creencia religiosa estuviera condenada a no “salvarse nunca” o quedarse fuera de su amparo o protección.
“La doctrina de las penas eternas, como la del infierno material, tuvieron su razón de ser cuando ese temor podía ser un freno para los hombres poco avanzados intelectual y moralmente”.
A.K., Libro: Cielo Infierno y Justicia Divina, cap. VI
Por extraño y mezquino que pueda parecer considerar a Dios de esta forma, reduciendo su gracia únicamente a sus “elegidos” por profesar esta o aquella religión, no es menos cierto que todavía hoy una mayoría de las religiones tienen esta forma de entender cómo Dios juzga a los hombres.
Y si ampliamos nuestra perspectiva no sólo a la Tierra sino al cosmos entero, ¿qué decir de un Dios que únicamente se ocupa de una pequeña parte de una humanidad o de un pequeño planeta perdido en una pequeña galaxia como la Vía Láctea?, cuando sabemos de los trillones de galaxias existentes, de los incontables millones y millones de planetas que pueden albergar vida inteligente. Es una visión tan pobre y limitada que es inconcebible aplicarla a la inmensidad de un cosmos infinito cuyo creador está por encima de su obra. Limitar a Dios es circunscribirlo, e intentar definirlo es algo imposible para la mente humana pero que realizamos constantemente. A Dios se le conoce por su obra: “todo aquello que no es obra del hombre, lo es de Dios”.
Conceptos obsoletos que atentan contra el principio universal del Amor de Dios son sin duda alguno de estos dogmas religiosos. El hombre, corto de miras, limitado por el miedo al infierno eterno, el adoctrinamiento, el dogma y la fe fanática sin razonamiento, encuentra refugio, comodidad y aparente tranquilidad de conciencia al delegar en otros las responsabilidades de sus actos delictivos contra la moral.
Es más cómodo solicitar el perdón a tu religión y que esta te otorgue ese beneficio mediante un sacramento (la confesión), profesión de fe u otros métodos para poder seguir luego haciendo lo que te plazca. Lo contrario supone esfuerzo, y este recae únicamente en el trabajo personal por corregir las malas inclinaciones que uno tiene para no volver a atentar contra las leyes de Dios y la paz de nuestra propia conciencia.
De ahí que sea tan importante la divulgación de muchas leyes espirituales que son la base de la justicia divina, y entre las que destaca la ley de causa y efecto, aquella que nos devuelve todo lo que hacemos de forma indefectible y que lógicamente no depende de ningún tratamiento especial, exclusivista o arbitrario por parte de ninguna jerarquía ni sacramento alguno de ninguna religión.
Es la ley que corrige las desviaciones que cometemos contra la auténtica Ley de Dios inscrita en nuestra propia conciencia. Es la Ley que atañe a toda alma encarnada o espíritu desencarnado. Es la ley que regula el camino evolutivo del ser inmortal hacia el infinito, donde le espera la perfección relativa, la dicha y la plenitud del ser individual.
Dios no tiene, ni puede tener, arbitrariedades con nadie ni preferencias con ninguna religión humana. La única religión que Dios respeta y atiende es la del Amor hacia todas sus criaturas. Y al igual que para los espíritus superiores lo importante son las obras y el grado de progreso alcanzado, para Dios lo verdadero y único importante es el adelanto del alma en el Amor al prójimo, a uno mismo y a ÉL como reconocimiento de nuestro origen y trayectoria.
En el origen ÉL nos crea a su imagen y semejanza en lo espiritual, pero simples e ignorantes en el Alma, con las cualidades innatas de su grandeza en potencia, por ello prepara el camino o trayectoria que debemos recorrer con nuestro propio esfuerzo a través de la inmortalidad, para que podamos llegar hasta ÉL convertidos en espíritus puros, habiendo desarrollado los atributos latentes que sembró en nuestra alma y plenamente identificados con su creación y en constante vibración de su Amor pleno.
El “exclusivismo religioso” favorece la arbitrariedad sin requerir esfuerzo alguno, tan sólo aceptación del sacramento de la confesión, como ocurre, por ejemplo, con la iglesia católica, o la profesión de fe, como acontece con las iglesias protestantes.
Así pues, todo aquello que reniegue del esfuerzo humano por mejorarse espiritualmente es arbitrario e injusto y no puede ser contemplado por las leyes de Dios, aunque sea puesto de manifiesto por determinadas teologías religiosas de los hombres.
La visión espiritual es mucho más amplia y profunda que la cortedad de miras que en este sentido presentan las religiones dogmáticas, incapaces de evolucionar mínimamente para acercar conceptos más justos y coherentes al razonamiento humano del siglo XXI.
“Nadie escapa a su conciencia”
De esta forma podemos comprender que es nuestra propia conciencia la encargada de juzgar nuestros actos en base a esta ley de causa y efecto que la regula. Allán Kardec preguntó en su momento a los espíritus superiores lo siguiente: “¿Dónde se encuentra la Ley de Dios?”. Y estos respondieron: “En la conciencia”. Así pues, el juicio esperado después de la muerte, es la revisión de la vida por la propia conciencia frente al espejo de todo lo realizado, bueno y malo, sin autoengaño ni justificación alguna.
Según esto, esta ley de retribución justa y perfecta que es la Ley de Causa y Efecto, también conocida como Ley del Karma, regula nuestro proceso evolutivo hacia la perfección y pureza de nuestra alma, exigiendo en su momento las correcciones oportunas que vienen mediante el esfuerzo personal para equilibrarse con la ley o mediante el dolor y el sufrimiento proporcionalmente recibido en función de la falta cometida, lo que supone sensibilizar al espíritu rebelde que se niega a aceptar la superior magistratura de Dios y de sus leyes justas y perfectas.
Esta ley de plena justicia no se limita al plano de la Tierra, sino que rigen en el mundo espiritual al que todos retornamos cuando dejamos el cuerpo físico y volvemos a la patria espiritual de donde procedemos.
“La doctrina de las penas eternas conduce a la negación o disminución de algunos atributos de Dios; llegamos así a esta conclusión: Si Dios es perfecto la condenación eterna no existe; si existe, Dios no es perfecto”.
A. K. Libro C.I.J.D. cap. VI
Tanto es así, que las obsoletas teorías de “las penas eternas” que todavía hoy mantienen vigentes algunas religiones tienen visos de una pálida realidad, porque en el otro lado de la vida esta ley de retribución sigue actuando, y aquellos que se obstinaron en la Tierra en el mal y la perversión llegan a lugares de sufrimiento que, sin ser “infiernos eternos”, sí que suponen para el alma refocilada en el mal y obstinada en su rebeldía contra la ley divina, estancias y tiempos de regeneración mediante el ajuste del daño realizado a otros, al vivirlo en ellos mismos.
La eternidad de las penas es contraria al Amor infinito del creador, pues ningún Dios bondadoso, justo y compasivo condenaría eternamente a un hijo suyo. Pero esto no es contrario al reajuste preceptivo del que cada cual es responsable mediante sus propias obras. Y si se obra mal en contra del prójimo o de uno mismo, deben reparase estas actuaciones mediante el amor o por el dolor, en este último caso saldando la deuda de manera justa y proporcional al daño cometido.
De esta forma comprendemos que el mal es únicamente fruto del uso equivocado del libre albedrío que Dios concede al hombre. No obstante, cuando nos empeñamos en él, ningún perdón humano procedente de la Tierra ni de ninguna institución religiosa puede obrar el milagro de borrar de nuestra conciencia las faltas cometidas contra la Ley de Dios.
Dios no es exclusivista ni arbitrario, no tiene preferencias, sólo espera de nosotros que comprendamos sus leyes y las desarrollemos; por eso mismo las colocó en nuestro interior (la conciencia), para que nadie pueda escapar a ellas, sintiendo en cada momento que su justicia es perfecta y compasiva.
Cuando comprendemos que siempre estamos bajo su amparo, al ser herederos de su obra de amor (la creación), constatamos y confirmamos que la trayectoria evolutiva asentada en el propio esfuerzo, vida tras vida, y en el desarrollo de los recursos latentes que guarda nuestra alma nos permite ser capaces de llegar hasta ÉL en plenitud de conciencia. Vibramos entonces en el sentimiento del amor universal que Él proyecta en toda su obra y con la felicidad y dicha más perfecta.
“La felicidad perfecta es inherente a la perfección, quiere decir, a la depuración completa del Espíritu”.
Allán Kardec, Libro: Cielo, Infierno y Justicia Divina, cap. VII
¿Exclusivismo o justicia? por: Redacción
2025, Amor, Paz y Caridad






