EL NIÑO Y LOS SUEÑOS

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El niño y los sueños

Realidad

El niño y los sueños

¿Cuántas veces hemos visto sonreír a un bebé cuando duerme? ¿Cuántas veces nos hemos preguntado «qué estará soñando»? El sueño, o aún mejor, soñar, según el diccionario significa: Representarse en la fantasía imágenes o sucesos mientras se duerme. O discurrir fantásticamente, y dar por seguro algo que no lo es. Así, pues, ¿cómo podemos suponer que un bebé, cuando sonríe o se agita estando dormido, sueña? ¿Qué fantasías, imágenes o sucesos pueden acontecer en un ser que aún no ha transitado por el mundo material? Desde el punto de vista científico, ¿hay una respuesta para esta pregunta? Es posible, no lo sé; pero, sin lugar a dudas, sí hay una respuesta, y la hemos encontrado con el conocimiento de las leyes que rigen entre el mundo espiritual y el mundo carnal.

Cuando un nuevo ser toma materia, trae consigo multitud de sucesos, experiencias y vivencias de vidas pasadas, en la que no hay fantasía; son absolutamente reales. Cuando ese nuevo ser llega a la vida material, también hemos observado que, en general, llega con los ojos cerrados; pero son los ojos de su nuevo cuerpo; sus ojos espirituales siguen abiertos, porque su espíritu sigue vinculado al mundo espiritual que, momentáneamente, ha dejado. Y en ese estado puede permanecer desde el minuto cero de su existencia hasta casi la adolescencia; y es ese estado el que le proporciona la capacidad de revivir experiencias del pasado durante el reposo nocturno, como durante la vigilia, porque los ojos espirituales aún permanecen abiertos y siguen contemplando aquello que veían del pasado; y así, por mucho tiempo, cuando les hemos visto gesticular y hablarle al vacío, nos hemos dicho: «¡Señor, esta criatura es como “Antoñita la fantástica”! ¡Habla solo! Se inventa amigos».

Así pues, si observamos que cuando un bebé mueve sus piernecitas como si corriera, sonríe o mueve sus labios como si estuviera hablando con alguien, no lo pongamos en duda, ese bebé no está soñando; ese bebé está corriendo o, simplemente, caminando; quizá hablando y riendo junto con otros seres espirituales, porque durante esa emancipación del alma que nos ofrece el reposo del cuerpo, el espíritu deja de ser un bebé, y recobra toda su idiosincrasia, lo que le permite retomar, o tal vez, terminar aquello que dejara inconcluso al reencarnar. La edad de los espíritus va en función de las vidas que han vivido; que, como ya todos sabemos, el espíritu de un bebé puede ser mucho más viejo que su padre y poseer más conocimientos, y todo ello queda dormido, en reposo, durante todo ese periodo en el cual el espíritu goza de una momentánea inocencia, hasta el momento en el que comienza la fase de la adolescencia. Durante esa etapa, el niño-adolescente puede conservar la facultad de la doble vista y la capacidad de contactar con el mundo espiritual, que aún no ha abandonado del todo.

Ese estado, digamos de bienaventuranza, suele desaparecer en el momento en el que el espíritu comienza a tener consciencia de cuanto le rodea y sus ojos materiales toman el mando. Poco a poco va perdiendo esa capacidad de ver y contactar con el mundo al que, por un tiempo, ha renunciado. Ciertamente, en el transcurso de su evolución material y en función de su libre albedrío, podrá conservar, y aun más, incrementar esa facultad, desarrollando una de las mediumnidades más importantes: la videncia.

Dije al comienzo que quizá pueda haber una respuesta a la pregunta de si un bebé, en tanto duerme, sueña o regresa al mundo recientemente abandonado, y mi respuesta queda bien expuesta, aunque, como siempre digo, puedo estar equivocada; en todo caso, yo así lo creo.

El niño y los sueños por: Mª Luisa Escrich

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