Leyes Universales

DESEOS Y RENUNCIAMIENTOS 2

Clases de deseos.– Así como hay deseos débiles, que muy poco afectan los sentidos psíquicos y se desvanecen fácilmente; así mismo hay deseos fuertes que pueden tornarse dominantes. Y estos últimos tienen relación con la condición psíquica y espiritual, aficiones y tendencias, del individuo; como son el sensualismo, el egoísmo en sus diversos aspectos; y el amor puro en los casos de sublimación.

Así como los buenos sentimientos despiertan los buenos deseos, así mismo los buenos deseos despiertan los buenos sentimientos e inducen a las buenas actuaciones, creando armonía emocional y mental, generadora de paz y dicha, a la vez que contribuye a la sutilización del alma.

Mientras que, los malos deseos inducen a los malos sentimientos y con ello a las malas actuaciones, generadores de desarmonía emocional y mental, que amargan la vida y densifican el alma; con el consiguiente retraso en el proceso evolutivo.

Por ello, necesario es aprender a identificar la naturaleza de todo deseo, mediante el analisis por la razón, antes de darle cabida, a fin de no caer víctima de deseos avasalladores de consecuencias perturbadoras; y aprender a controlarlos con el poder de la voluntad. Pues de no ser así, pueden convertirse en una ansiedad perturbadora; y esto no acontece en los deseos sublimes, que son armónicos por excelencia, sino en los deseos psíquicos, especialmente instintivos.

Debemos diferenciar entre control de los deseos y represión de los deseos. Pues, controlar los deseos, no significa reprimirlos, sino analizar cuando un deseo surge, y no dar cabida, no admitir deseos que la razón rechaza.

Mientras que, reprimir, significa dominarlo pero manteniendo el deseo. Y todo deseo reprimido, produce perturbación en la proporción de la intensidad del deseo reprimido.

Cuando una persona no controla el deseo de posesión, por ejemplo, ese deseo puede llegar a obsesionarle por la continua acción del pensamiento sobre el objeto deseado, aumentando así el deseo mismo, y convirtiéndose en esclavo de tal deseo, y responsable de sus efectos.

El deseo de bienes materiales hacia lo que otros tienen, por ejemplo, puede conducir a la envidia, esa rémora que amarga la vida del tonto que le dé cabida. O puede desarrollar en el individuo una ambición desmesurada de posesión, autoridad, etc. Y cuando esto acontece, el individuo, hombre o mujer, pierde su autonomía, ya que, ese deseo no controlado puede alcanzar el grado de obsesión dominante, con lo que puede llegar a cometer errores de consecuencias futuras dolorosas.

Y cuando el deseo es hacia el sexo y no es controlado, ese deseo invade la mente, creando imágenes ilusorias que excitan la fuerza psicogenésica, a la que Freud denominó la libido. Y con la reiteración de ese deseo concupiscente que alimenta el afectado con su pensamiento en el mismo, esa fuerza psicogenésica puede alcanzar proporciones perturbadoras.

0 sea que, con el pensamiento reiterado sobre el sexo, el individuo, hombre o mujer, va creando una fuerza gigante, con la cual tendrá que luchar. Y muchos son, los casos que se convierten en víctimas de ese gigante psíquico, que el afectado mismo alimenta con su deseo y pensamientos concupiscentes.

De aquí que, cuando esa fuerza psicogenésica no es controlada, cuando el individuo se deja dominar por esa tendencia, corre el riesgo de caer, y generalmente cae en la lascivia, lujuria, etc., de consecuencias funestas.
Y casos hay de aberraciones sexuales, aun en matrimonios considerados normales, que pueden degenerar en desequilibrio psico-nervioso, psicopatía sexual y neurosis consecuencial. Pues, demostrado está por el psicoanálisis que, los abusos de la función genésica y sus funestas perversiones, debilitan las facultades mentales, abaten el ánimo, deprimen la voluntad y ocasionan, por desgaste de la médula y debilitamiento de las células cerebrales, todo género de neurosis.

A más de esto, por ley de atracción y afinidad, esos deseos y pensamientos atraen a entidades del bajo astral, tal y como se cita en el libro “Tres enfoques sobre la Reencarnación”.

Deseos y renunciamientos por: Sebastián de Arauco

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