Reflexiones

CIENCIA, PREJUICIOS Y ESPIRITUALIDAD

¿Qué sabemos de la realidad? ¿La realidad es algo concreto, inmutable? ¿Estamos plenamente capacitados para percibirla en su plenitud o tenemos limitaciones que nos condicionan? ¿Su percepción ha sido siempre la misma o a lo largo de la historia ha ido cambiando? ¿Cómo puede superar sus límites el hombre para percibirla cada vez con mayor claridad?

Son preguntas difíciles de contestar, al menos, desde un punto de vista que pueda satisfacer a todas las diferentes formas de pensar e interpretar lo que nos rodea. A día de hoy no existen respuestas categóricas, sobre todo, a tenor de los importantes avances en el campo de la física cuántica y en otras disciplinas científicas que nos muestra una realidad más compleja y amplia de lo que se pensaba. El catedrático en física cuántica José Ignacio Latorre, afirmó en una entrevista: “La realidad es un concepto sutil. Existe en la medida en que la miras. Acercarte a conocerla… la condiciona, ¡la crea!”. A lo que podríamos añadir: La realidad se descubre ante nosotros en función del grado de conciencia desarrollado.

No vamos a centrarnos en aspectos científicos porque no es el objetivo de este artículo. La reflexión que vamos a tratar de desarrollar gira en torno a las ideas preconcebidas que los seres humanos nos formamos sobre ciertos temas trascendentes, bien sea en nombre de la ciencia y de la lógica; y que pueden llegar a suponer muros infranqueables que nos alejan, en lugar de acercarnos a la verdad.

 De ese modo, cualquier cosa que se aparte de lo establecido o reconocido oficialmente por la comunidad científica, es catalogado como irreal, dogmático, fantasioso y hasta incluso, en casos extremos, como patológico. Sobre este último punto, tenemos el ejemplo del prestigioso escritor Víctor Hugo, quien publicó hace más de 150 años una obra titulada “Lo que dicen las mesas parlantes”, en donde recoge algunas comunicaciones mediúmnicas, supuestamente de personajes ilustres del pasado como son Platón, Shakespeare, Galileo, y un largo etcétera. Puesto que para la comunidad intelectual, sus obras literarias son de una calidad incuestionable, el hecho de que fuese aficionado a la mediumnidad y al espiritismo, como no entra dentro de la lógica convencional y mayoritaria, algunos justificaron “su desvarío” con una posible patología denominada “parafrénia fantástica”; enfermedad mental que suele avanzar hacia ideas “extravagantes y alucinaciones”.

La vida está llena de ejemplos que ponen en entredicho las versiones materialistas y reduccionistas respecto a la vida después de la vida física. No se puede aplicar una misma fórmula para todo, simplificar y justificar aquello que requiere otros enfoques, otras visiones más amplias. Es el gran problema de los prejuicios; olvidando el hecho de que aunque ciertas personas se les puedan considerar como autoridades intelectuales, también se pueden equivocar, no son infalibles. Es cierto que cada quien percibe una parte de la realidad para la que está capacitado. No es sólo una cuestión intelectual, sino que intervienen muchos más factores. Sería un error considerar exclusivamente la inteligencia y los conocimientos, como única forma de alcanzar la sabiduría; intervienen otros elementos que conforman al ser humano y lo engloban, que tienen que ver con la parte emocional, los sentimientos, las experiencias de vida e incluso la condición moral.

Por el hecho de ser considerados como ilustrados en alguna o varias disciplinas científicas sus opiniones pueden ser importantes, a considerar, pero no son infalibles. Si se parte desde una posición categórica e incuestionable, se corre el peligro de convertirse en aquello que dicen combatir racionalmente. Sería necesario que aclararan si lo que están manifestando son impresiones particulares o hablan con conocimiento de causa.

Hagamos un alto en el camino; por un momento, rechacemos cualquier idea preconcebida. Partamos de cero y planteémonos una hipótesis de trabajo y estudio. Supongamos que la vida espiritual es una realidad incuestionable y que cuando morimos biológicamente pasamos a vivir en otro plano. Si esto, como sería razonable, ocurre desde que el mundo es mundo, ¿de cuántos espíritus estaríamos hablando que han cruzado a lo largo de la historia el umbral? Siendo así, los miles, millones de espíritus que conforman el otro lado: ¿Formarían sus humanidades, una organización, unas actividades como ocurre en este plano físico? ¿Se encontrarían aislados por barreras infranqueables sin ninguna capacidad de manifestarse, o incluso de evolucionar, de progresar? ¿Sería lógico que ambas realidades fueran incompatibles e inaccesibles cuando la ciencia nos demuestra cada día que todo está interconectado? ¿Esas mismas humanidades, por la simpatía, y sobre todo, por los seres queridos que dejan aquí, tendrían motivos para esforzarse en demostrarnos que hay vida después de la vida material o carecería de interés para ellos? ¿Y por último, algo tan importante y trascendente como es el conocimiento de la vida en sus múltiples manifestaciones, merece nuestra atención o es preferible mirar hacia otro lado ignorándolo?

Desconocer algo no significa que no exista. Cada ser humano pone el foco de su atención hacia donde se siente más cómodo, más identificado. Tenemos unas limitaciones de variada índole que nos condiciona la percepción de la realidad y de la vida. Una de ellas, quizás la más importante, es que apenas nos conocemos interiormente. A nivel personal nos enfrentamos a tres realidades. La primera, cómo nos vemos a nosotros mismos; la segunda, cómo nos ven los demás; y la tercera, como somos realmente.

“Nuestros pensamientos y sentimientos también desempeñan un papel a la hora de determinar cómo funciona el universo y cómo lo percibimos. El modo en que pensamos tiene consecuencias físicas en lo que percibimos, hecho que ha dado pie a una revolución tanto en física como en la filosofía y la investigación de la conciencia.” (Cardiólogo y científico holandés Pim Van Lommel)

Somos un proyecto de crecimiento, aprendizaje, de asimilación de experiencias; ser conscientes de ello nos debe de colocar en una posición de prudencia y humildad.

El mundo espiritual ha llamado desde siempre y llama también hoy con fuerza a nuestras puertas. El campo espiritual y los fenómenos que pueden generar no son anomalías, o hechos aislados, tampoco han sido o son siempre el producto de imaginaciones sobreexcitadas ni de supersticiones fantásticas. Somos en esencia una energía que irradia a partir de un cuerpo biológico compuesto por millones de células, que mueren muchas de ellas diariamente, siendo reemplazadas por otras.

Veamos dos ejemplos de la amplísima gama de fenómenos que están al alcance de cualquiera para su estudio y análisis.

El estudio de las ECM (Experiencias cercanas a la muerte), nos introduce en un campo muy vasto, en donde existen miles de testimonios de personas de todo el mundo que han sufrido una experiencia de este tipo, narran la vivencia de una realidad muy intensa, profunda; trasladando a nuestro campo de experiencia, aspectos de la vida que hasta ahora pertenecían al terreno exclusivo de la filosofía, la teología o de las creencias religiosas.  Justificar estas experiencias como alucinaciones o desvaríos mentales, sería muy poco serio y riguroso. Existe una casuística enorme, rica en matices, que nos muestra una realidad poco explorada hasta hace unas cuantas décadas. Incluso, reputados investigadores, médicos y psiquiatras de prestigio mundial se han visto salpicados directa o indirectamente por este fenómeno global. Ahí está el famoso caso del neurocirujano Eben Alexander, profesor en Harvard, quien sufrió una experiencia límite, estuvo en coma por una meningitis en el año 2008, durante la cual, vivió una experiencia fuera del cuerpo. Se le mostró una realidad espiritual a la que él había manifestado a lo largo de su vida gran escepticismo e incredulidad. A raíz de dicha experiencia, publicó una obra titulada: La Prueba del Cielo. Declaró en una entrevista: “La vida tras la muerte existe y la ciencia debe tomarlo en serio.” 

También resulta destacable la magnífica labor del investigador italiano Marcello Bacci sobre la Transcomunicación Instrumental. Recabó durante varios años miles de grabaciones de seres ya fallecidos, registrando sus voces desde una vieja radio de válvulas fuera de sintonía. Estableciendo incluso un diálogo con un equipo de trabajo del “otro lado“, bajo la dirección de una entidad espiritual denominada “el Sabio”; quien se encargaba de dirigir las sesiones desde el laboratorio situado en la localidad de Grosseto (La Toscana). Distintos investigadores independientes fueron testigos de las sesiones llegando a la conclusión de que no existía ningún tipo de fraude, interferencia o intervención material que pudiera justificar dicho fenómeno.

En ocasiones, según quienes traten estos temas, se cuidan mucho del uso de una nomenclatura u otra; de ese modo, todo queda reducido a una cuestión semántica. Se sienten más cómodos con unas palabras que con otras para definir determinadas cosas por las connotaciones que suponen algunas de ellas. Por ejemplo, hablar de espíritu, vida espiritual, Dios, inmortalidad; supone un problema para algunos; sin embargo, cuando se habla de conciencia, energía pensante, vida en otra dimensión, universo paralelo y conciencia cósmica; es mejor aceptado por una mayoría. En el fondo se está hablando de los mismos conceptos.

Son, sin duda, caminos aparentemente distintos pero que están condenados a converger algún día. La ciencia con sus descubrimientos está dando pasos de gigante. La espiritualidad, si es capaz de prescindir del fanatismo y del dogmatismo, se encontrará también en la línea adecuada para reunirse en un punto donde se puedan cohesionar definitivamente los conceptos científicos y filosóficos; las ideas que configuren un camino común a seguir, que nos acerque a una realidad global y aglutinadora.

 

Ciencia prejuicios y espiritualidad por: José M. Meseguer

© 2017, Amor, Paz y Caridad

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