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CUANDO LOS BUENOS SE MUEREN

A la memoria de un hombre bueno,
el “viejo profesor” Tierno Galván.

Cuando los buenos se mueren
doblan todas las campanas,
se desbordan los elogios
y todo son alabanzas;


el dolor se hace emoción
y atenaza las gargantas,
llorando los corazones
en silencio, sin palabras.

Dichosos los que se mueren
con amor en la mirada,
con sonrisas en los labios
con resignación cristiana;
con la conciencia tranquila
a Dios entregando el alma
después de una larga lucha
con la incomprensión humana.

Dichosos, porque han sabido
asumir del Bien la causa
con amor y comprensión,
con enjundia franciscana;
de sus vidas ejemplares
dejando al mundo constancia
y ganando en las alturas
un puesto para sus almas.

Esos hombres no se mueren,
solo cambian de morada,
yen el espacio infinito
siguen vibrando sus almas
impelidas por el Bien,
por el amor inspiradas,
motivadas por el deseo
de amar y servir sin pausa.

¿Qué importa que en vida fueran
no creyentes, que dudaran,
si en sus pechos hubo amor,
comprensión y tolerancia;
si han combatido el engaño,
la injusticia y la falacia,
y en servir a los demás
han puesto todas sus ansias?

¿Acaso son las creencias
las que dan luz a las almas,
las que engrandecen al hombre
en su trayectoria humana?
No, por cierto; son los hechos,
las obras dignas, calladas,
las que le llevan a Dios
y le hacen sublime el alma.

Cada cual será juzgado
por el bien o el mal que haga,
por su entrega y sacrificio,
comprensión y tolerancia;
por derribar las barreras
de la incomprensión humana
o sembrar de la discordia
el germen y la cizaña.

Todo aquel que alumbre y ame,
que asuma del Bien la causa,
sea agnóstico o creyente,
es de Dios una semblanza;
porque Dios es Luz y Amor,
es la Bondad soberana,
y a todos, sin excepciones ,
alumbra, protege y ama.

Para El todos los hombres
somos iguales, no hay castas ,
no hay privilegios divinos
de origen, de cuna y raza,
de creencia o religión,
de pueblo, nación o patria,
y por el mismo rasero
son medidas nuestras almas.

Son los hombres y no Dios
quienes discriminan y separan,
los que imponen privilegios
de posición, credo y raza;
los que en Su nombre repudian,
anatematizan y matan,
los que convierten la vida
en un campo de batalla.

Los hombres justos y buenos
no son muchos, por desgracia,
no abundan los corazones
que asuman del Bien la causa;
pero son los suficientes
para alumbrarnos el alma
y aquilatar los valores
de la dignidad humana.

Por eso cuando se mueren
doblan todas las campanas,
se desbordan los elogios
y todo son alabanzas;
el dolor se hace emoción
y atenaza las gargantas,
llorando los corazones
en silencio, sin palabras.

JOSÉ MARTINEZ

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