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LA VERDAD ANTE TODO

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La verdad ante todo

Cuando una persona se decide a orientar su vida por un camino espiritual, necesariamente ha de plantearse una serie de objetivos que implican la mejora integral de su comportamiento y hábitos de conducta.

Esos objetivos deben ser muy concretos y estar bien definidos para que surtan los efectos deseados, de otro modo si esos planteamientos son muy generales no podrán ser aplicados a los propios aspectos personales susceptibles de cambio, con lo que observaremos que no estamos progresando adecuadamente y que con facilidad olvidamos la orientación inicial que nos movía a la superación.

Lo anterior puede resultar más claro con un ejemplo: supongamos que nuestro objetivo generales “ser mejores en nuestras relaciones con los demás”. Si no somos capaces de subdividir esa meta en objetivos más concretos y determinados no podremos apreciar hasta qué punto avanzamos o nos estancamos. Sin embargo, si definimos unos cometidos a corto plazo del tipo: ¿cómo superar mi tendencia al enfado?, ¿escucho y atiendo todo lo que los demás me dicen?, ¿valoro a todos por igual?, ¿me preocupo lo suficiente de mi familia?, ¿tengo detalles y atenciones con las personas que me rodean?, etc., etc., y no me conformo fínicamente con plantearme esas preguntas sino que me exijo unos resultados diarios, autoanalizando equitativamente mi actuación, por supuesto que iré consiguiendo una importante mejora en mis relaciones humanas (objetivo general que nos marcamos).

Ser veraz con uno mismo y ver las cosas tal como son debe ser una premisa primordial, importantísima si queremos ser honestos y reconocer los propios errores. Engañarnos de poco nos sirve, sólo para empeorar los problemas y posponer indefinidamente su solución, comportamiento negligente en todo aquél que se autodenomine defensor de un ideal de tipo espiritual.

Está bien claro que debemos defender la verdad, empezando por aplicarla en el propio conocimiento interno, sin embargo las dudas, implicaciones y diferentes valoraciones surgirán cuando pidamos a los demás que actúen de igual modo.

Es incorrecto exigir a otras personas que sean honestas, que hablen y procedan con sinceridad y mucho más complicado pretender que ellos opinen como nosotros.

Nunca podemos obligar a nadie a actuar de una forma determinada, lo único que podemos hacer es contagiarles con nuestro ejemplo, jamás con palabras o imposiciones.

Ser defensores de la verdad, significa aplicar esos conocimientos en uno mismo, ajustando nuestras palabras, pensamientos y obras a los principios morales y honestos que creemos son más justos.

Obrar justamente, exige conocer la auténtica realidad de un asunto, hecho o situación, las partes implicadas y las derivaciones o repercusiones que se dejarán traslucir con nuestra actuación o sin ella. Tengamos en cuenta que muchas veces es mejor ser prudentes y no intentar resolver cuestiones que no nos conciernen o importan, máxime si conseguimos efectos no deseados, herimos susceptibilidades o hacemos más mal que bien.

Otra cuestión polémica se nos suscita cuando pensamos si debemos decir siempre la verdad, tal como es, o es preferible callar o manifestar una verdad a medias. En este caso lo importante es valorar qué beneficios o perjuicios podemos ocasionar con nuestra decisión en un sentido o en otro.

Recordemos que procurar siempre y en todo momento el bien ajeno, supone también carecer de sentimentalismos y falso proteccionismo, valorando de qué forma podemos ayudar más y mejor, porque si consentimos y dejamos pasar ciertas situaciones en personas muy cercanas a nosotros, en realidad les perjudicamos gravemente cuando es preferible buscar el modo de hacérselo saber sin herirles con nuestras palabras o actuaciones (colocándonos en su lugar). Si de verdad les apreciamos sin duda descubriremos cómo ayudarles en esas pequeñas dificultades.

Lo más importante es aplicarse uno mismo lo que vamos descubriendo sobre las leyes espirituales, porque ahí tenemos un buen campo de actuación. A no dudarlo, observaremos que en ocasiones nos comportamos de forma incorrecta, en desacuerdo con los principios o ideales que defendemos. Por poner unos ejemplos, que no tienen porqué ser válidos en todos los casos, podemos llegar a descubrir que a veces decimos “palabras o aseveraciones falsas” por conveniencia propia, ocultando la realidad ante los ojos ajenos. Podemos llegar incluso a acusar a otras personas de este o aquel fallo, cuando en realidad ha sido nuestro.

También es posible caer en la fácil trampa de falsear la realidad para parecer mejores de lo que somos. O inventarnos hechos para justificar nuestras opiniones o puntos de vista. Si recibimos un ataque en nuestro orgullo, rápidamente intentamos disimular, hacemos oídos sordos a una realidad que nos duele reconocer o tal vez respondemos con otro ataque.

Los ejemplos pueden ser diversos, cada persona por sus características internas, puede sentirse identificada o no con los mismos, sin embargo, lo importante es estar vigilantes con nuestras reacciones más íntimas y detectar todo aquello que sea incorrecto y que nos impida reconocernos tal como somos.

En nuestro interior hay un gran campo para experimentar y conseguir esa  mejora. Usemos nuestra conciencia y descubrámonos, sin miedos ni vergüenzas, solamente asi, enfrentándonos cara a cara con la naturaleza de nuestras acciones y reconociendo nuestros fallos, seremos capaces de conducir a nuestro espíritu hacia nuevos derroteros.

Verdad ante todo, pero con uno mismo, con sus palabras, sentimientos, pensamientos y actuaciones. Ser coherentes y consecuentes con nuestros ideales y objetivos es necesario para el propio equilibrio emocional, la tranquilidad de nuestra conciencia y la paz interior. De la correcta aplicación de este principio dependerá no únicamente nuestro progreso espiritual sino también la armonía en nuestras relaciones humanas.

La verdad ante todo por: F.M.B.

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