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INTERCAMBIO Y SENTIDO DE CONTINUIDAD

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Intercambio y sentido de continuidad

“La vida en su eterna constitución, es todo un continuum que no cesa, volviéndose más atrayente y desafiante, cuanto más se conquista y se progresa”.

 Divaldo P. Franco, libro: Dias Gloriosos

El sentido de continuidad es, además de un importante recurso del alma humana, una fuerza incomparable para solucionar el importante “vacío existencial” que hoy enferma, como una gran pandemia, a toda la sociedad imbuida únicamente en el materialismo embrutecedor sin propósito ni sentido trascendente alguno.

Actualmente, la psiquiatría, la psicología y las terapias que abordan el conocimiento del comportamiento humano y buscan el equilibrio de la psique, tienen un reto mayúsculo ante la falta de sentido y de propósito que conduce a millones de personas en todo el planeta a una vida infeliz, frustrante y deprimente que degenera en patologías graves que con frecuencia terminan en la fuga psicológica que el suicidio representa para muchos.

Hasta que no se inicia el despertar del individuo en la valoración real de la vida y los atributos principales que esta representa, lo más común y corriente es confundir lo inmediato, lo efímero y lo placentero con la felicidad. Justamente ocurre al contrario, nada efímero ni inmediato tiene visos de perpetuarse en el tiempo, y mucho menos en un estado o sensación interior que perdure.

Confundir placer con plenitud o felicidad con sensación inmediata o adquisición de bienes o aptitudes ególatras que sólo satisfacen nuestro yo personal es el gran error de la persona actualmente. Confundir “SER” con”TENER” supone la delgada línea entre la angustia por acaparar, sentir, gozar o dominar con el equilibrio, la paz, la salud interior, el equilibrio mental-emocional.

Confundir los valores superiores del alma humana como la belleza, la libertad, el progreso o el amor con el deseo, los caprichos, el poder, el dinero o la fama, son también la delgada línea roja entre el camino recto que conduce a la plenitud de aquel otro que estanca y estigmatiza, que esclaviza al apego material y a las sensorialidades y vicios o pasiones degradantes que retardan la evolución del alma y la someten a esclavitudes innecesarias cuando se alcanza el sentido de continuidad.

El sentido de continuidad es inversamente proporcional al grado de incertidumbre que una vida sin significado representa. Pues la vida es, antes que cualquier otra cosa, imprevista, sorprendente e inesperada. La falta de propósito o de sentido existencial supone una angustia vital para el alma de la cual el ser egoísta, que vive por y para lo inmediato, no es consciente.

«La vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias, sino solo por falta de significado y propósito».

Viktor Frankl, Psiquiatra

El alma conoce perfectamente el sentido y el propósito de su llegada a la Tierra, la planificación previa efectuada, el esfuerzo necesario para alcanzar objetivos superiores que la eleven y la hagan crecer en el camino del progreso. Por ello, aunque conscientemente no pueda recordar en un cuerpo físico su auténtico propósito en la Tierra, inconscientemente lo tiene muy presente. Y con mucha más frecuencia de la que se supone, en estado de sueño se le recuerda la importancia de cumplir con ese compromiso.

De ahí la angustia vital interior que deriva en insatisfacción y frustración cuando no se trabaja en la consecución de este objetivo superior de adelanto moral e intelectual que todos tenemos al encarnar en un cuerpo físico.

Desde antiguo, en las primeras civilizaciones el intercambio con el mundo espiritual supuso para muchos espíritus encarnados la oportunidad de modificar el rumbo de lo “horizontal” por lo “vertical”. Esto último tiene que ver con el recuerdo permanente de aquellos que vienen desde el otro lado a recordarnos que la vida tiene como principal objetivo el desarrollo y crecimiento de los valores superiores del alma, inmortales, imperecederos, trascendentes y esperando que los desarrollemos mediante nuestro libre albedrío y voluntad.

Por ello, desde el principio de los tiempos, en las sociedades antiguas, el recuerdo, la presencia y el intercambio con aquellos que partieron al otro lado y que nos acompañan o nos inspiran sirvió a muchos para comprender el verdadero sentido de la vida humana. Y al mismo tiempo les ayudó a entender el sentido de continuidad, o de trascendencia, que se asume con facilidad al comprender que la muerte biológica no es más que una transformación de una a otra dimensión, donde aquellos que intercambian experiencias con nosotros y que nos antecedieron en la partida siguen viviendo, amando, experimentando, progresando y preparándose para ir creciendo y avanzando en el adelanto del alma.

El intercambio espiritual supuso a lo largo de la historia el despertar de multitud de conciencias en la sociedad humana. Hoy ocurre igualmente: aquel que vive sometido por su ego, aferrado a sus pasiones o esclavizado por sus vicios, se encuentra sometido por su propio carácter, renunciando a la libertad que podría alcanzar cambiando de actitud.

Comprendiendo que lo importante son los valores y los recursos imperecederos del alma que permanecen pujantes y vivos después de la muerte y que caracterizan nuestra individualidad, nos hacemos conscientes de que la vida continúa después de la muerte. Aprendemos que la vida tiene un sentido extraordinario de aprendizaje, expiación, prueba y desarrollo interior. Y comenzamos a vislumbrar desde ese momento el “plan divino para con el hombre” que Dios ha concebido en toda su obra eterna e infinita.

Un plan con el resultado final de la perfección relativa que nos espera, de la plenitud y la dicha derivada de la expresión y desarrollo de las cualidades divinas que todos llevamos en nuestro interior.

“Esta voz profética la escucho en mí todo el curso de mi vida, ella es más auténtica que los presagios; yo la llamo Dios o Daemon. Hasta el presente, su voz jamás afirmó algo que haya sido inexacto”.

 Jenofonte, libro: Daemon de Sócrates

Aquellos que a lo largo de la historia han venido a enseñarnos y demostrarnos que la vida continúa después de la muerte, que no estamos solos, que nos asesoran, cuidan y amparan desde el otro lado, son los verdaderos artífices de nuestra felicidad si somos capaces de entenderlos, hacerles caso y poner en práctica, mediante nuestro propio esfuerzo, el camino hacia el bien, mejorando nuestra conducta moral y desarrollando las virtudes que, en todo tiempo y lugar, han sido la base principal de la felicidad humana.

El vacío existencial desaparece cuando el alma encuentra el propósito de su vida. En esos momentos se autorealiza, despierta a la auténtica realidad inmortal, se reconoce como hija de Dios, heredera de su obra, y comienza a vislumbrar la grandeza de la obra divina en la misma medida en que desarrolla las virtudes principales que la adornan: libertad, amor, caridad, perdón, belleza, plenitud, etc.

Así el ser humano, cuando alcanza este sentido de inmortalidad, tiene la capacidad de desterrar para siempre el mecanismo de fuga psicológica del aniquilamiento (suicidio) de aquellos que no esperan nada, tan sólo la incerteza, la tristeza de inexistencia de futuro y la angustia del momento de la muerte, donde la duda se presenta de forma arrebatadora sumiendo a la persona en la amargura que deriva de su angustia existencial.

“La realidad de la sobrevivencia del espíritu y de su intercambio con los hombres se encuentra grabada en el propio ser, y los fenómenos externos lo vuelven consciente para que pueda crecer adquiriendo los recursos que necesita para su evolución”.

Intercambio y sentido de continuidad por: Redacción

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