INGMAR BERGMAN

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Ingmar Bergman

Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena.

Ingmar Bergman

Es muy cierto. Esta frase ciertamente es muy elocuente, sobre todo para personas que, como yo, hemos ido subiendo esa cuesta durante muchos años y aún no la hemos coronado del todo; aún quedan jornadas de subida, aunque ignoramos el número…

          Sin embargo, analizando el contenido de la frase, podemos asimilarla a nuestra propia existencia. Así lo pienso, o al menos, es así como sus efectos se han ido manifestando en mi persona. Son muchos los años que tengo y, por ende, con cada uno de ellos he ido conformando lo que ahora soy; nada que ver con lo que fui y con lo que he venido siendo, pues asimismo, cada uno de ellos ha ido añadiendo una nueva enseñanza; adquiriendo un nuevo conocimiento; viviendo una nueva experiencia. A veces, uno de mis años ha venido a sumarse a los demás pletórico de luz, rasgando las sombras que otros trajeron. Y es así. La vida en el mundo carnal es una sucesión de años absolutamente distintos; una diferencia que no apreciamos durante el trayecto. Se vive muy deprisa; ahora más que nunca, y no tenemos tiempo para darnos cuenta de los cambios que se operan por sucederse unos a otros a enorme velocidad… Pero esos años que se nos han ido sumando, aun siendo los mismos, no son iguales a los que van viniendo. Llegan en las mismas fechas, pero cada vez más débiles, más frágiles… Pero al mismo tiempo, más serenos y tranquilos.

          ¿Débiles y frágiles? Sí, aunque solo en lo físico, pues ha quedado demostrado que el espíritu parece cobrar más fuerza a medida que el cuerpo las pierde; su capacidad para recordar vivencias viejas en el tiempo; a veces, episodios de los que él mismo se asombra, porque no recuerda cuándo tuvieron lugar, como si fueran episodios de otros tiempos en otras vidas…

          Ha subido la montaña y, aunque no la haya coronado aún, desde la altura en la que ahora se encuentra se ve con extrema claridad toda su existencia pasada, todo el trabajo realizado; las luces y las sombras, los éxitos y los fracasos, los errores y los aciertos… y contemplando todo ello se desarrolla en él una enorme capacidad de análisis, porque desde esa altura se aprecia mucho mejor todo; y todo se ve e otra manera, todo cobra otra dimensión y su valor ya no es el mismo.

          Envejecer es como escalar una gran montaña… Pero ¿merece la pena el esfuerzo? Sí, sin duda; siempre que se acepte el hecho de que comenzaba la ascensión a esa montaña desde el primer instante en el que llegamos a este mundo; que todos tenemos nuestra montaña, más o menos empinada, más o menos dura; que esa montaña es la representación de todos y cada uno de nuestros avatares y de la lucha que tenemos que librar para nuestra redención…

          Demos gracias a Dios por otorgarnos esa montaña, y no dudemos jamás que junto a la montaña nos da fuerzas más que suficientes para coronarla. Nunca estamos solos.

          Voy a terminar esta otra de mis reflexiones (tal vez equivocada) con la cita que Maxcense Van Der Meersch hace en su libro Cuerpos y Almas:  «Cuando uno se siente solo, no está solo: tiene a Dios a su lado».

Ingmar Bergman por: Mª Luisa Escrich    

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