Historias Edificantes

INCIDENTE DEL EQUINOCCIO DE OTOÑO

Es fascinante constatar la gran dimensión espiritual y humana de algunas personas anónimas cuando la vida les presenta importantes desafíos, como es el caso que a continuación les vamos a relatar.

 A finales del mes de septiembre de 1983, se produjo en la antigua Unión Soviética un hecho de los que marcan profundamente. Un militar que se encontraba circunstancialmente de guardia aquella noche, evitó lo que podría haber sido una catástrofe mundial.

En el centro de mando de la inteligencia militar, se encontraba trabajando la noche del 26 de septiembre el teniente coronel Stanislav Petrov. Estaba sustituyendo, en lo que debía de ser su día libre, a un compañero que estaba de baja por enfermedad. Su labor consistía en analizar y verificar los datos proporcionados por los satélites ante cualquier movimiento militar estadounidense que pudiera suponer una agresión, un ataque a su país para, a su vez, actuar rápidamente con una respuesta militar contundente. Estamos hablando de una época de máxima alerta, de auténtica guerra fría entre las dos superpotencias mundiales.

Tres semanas atrás del incidente que vamos a resumir en este artículo, la propia Unión Soviética había derribado un avión de pasajeros surcoreano por invadir su espacio aéreo. Murieron 269 personas entre las cuales, se encontraban ciudadanos norteamericanos. Esto tensó todavía más las relaciones bilaterales con Estados Unidos, cuya respuesta inmediata se tradujo en unas maniobras militares conjuntas con sus aliados europeos; preparándose, según los soviéticos, para una más que  posible guerra nuclear.

Pasadas las doce de la noche, hora local, un satélite soviético activaba las alarmas del centro operativo y de control, avisando del lanzamiento de un misil desde Montana (USA). Una placa roja se mostraba en la pantalla de los monitores con la leyenda: “ATAQUE DE MISIL NUCLEAR INMINENTE”. Tiempo estimado, veinte minutos hasta el impacto en suelo ruso. Las estrictas ordenanzas militares establecían un riguroso protocolo de actuación en semejante caso.

Stanislav  Petrov quedó estupefacto; se trataba de algo posible pero le pareció muy extraño. Su primer pensamiento fue que no se podía iniciar una guerra nuclear con el lanzamiento de un único misil, debía de existir un error. Sin embargo, la tensión fue creciendo cuando volvieron a sonar las alarmas y el satélite avisaba en muy poco tiempo de otros cuatro lanzamientos más.

Los oficiales que estaban a su cargo le miraban con enorme preocupación esperando órdenes. La duda más grave era si debía informar ya al Alto Mando Militar o esperar hasta confirmar si verdaderamente los ataques se estaban efectuando, aunque sí que tuvo informado en todo momento al general de guardia Yuri Votintsev.

El tiempo avanzaba muy deprisa y la respuesta militar corría el riesgo de llegar tarde. Mientras tanto, los técnicos militares no encontraban las pruebas visuales que pudieran confirmar dichos lanzamientos. Fue una situación muy delicada y de tremendo desgaste psicológico; no obstante, el militar al mando Petrov, supo controlar una situación fuera de lo común. Les habían adiestrado con la idea de que tanto el satélite como los medios electrónicos militares que supervisaban todos los movimientos del posible enemigo no podían equivocarse. El teniente coronel Stanislav no estaba tan seguro.

Sin duda que acertó. Decidió ignorar todas las alarmas, incumplir el protocolo de la cadena de mando y esperar.

“No había ninguna regla sobre cuánto tiempo se nos permitía pensar antes de informar de un ataque…” (S. Petrov)

Este incidente que pudo tener unas consecuencias muy graves, provocó un revuelo entre los altos cargos militares soviéticos. Consideraron que el militar en cuestión, no debió decidir por sí solo, su obligación era haber informado a sus superiores rápidamente para que ellos adoptaran en su caso, las medidas oportunas. Sin embargo, dadas las circunstancias no lo castigaron, pero lo trasladaron a otro puesto de menor responsabilidad hasta su jubilación en 1989.

“Yo era el único oficial del equipo que había recibido una educación civil. Mis compañeros eran soldados profesionales, se les enseñó a dar y obedecer órdenes.” (S. Petrov)

Bastante después del incidente se supo la causa del error. El satélite OKO se había alienado de tal forma con el sol y la tierra, que había confundido la luz solar reflejada en las nubes con el lanzamiento de misiles. El caso que paso a llamarse “El Incidente del Equinoccio de Otoño” fue silenciado por las autoridades soviéticas durante 10 años.

Nuestro protagonista nunca se consideró un héroe: “Todo lo que pasó no me concernía – era mi trabajo. Estaba simplemente haciendo mi trabajo y fui la persona correcta en el momento apropiado, eso es todo. Mi última esposa estuvo diez años sin saber nada del asunto. ‘¿Pero qué hiciste?’, me preguntó. No hice nada”. (S. Petrov)

En cuanto la comunidad internacional se enteró de este hecho, distintas instituciones de todo el mundo lo homenajearon, otorgándole premios y distinciones por su contribución a la paz mundial, incluso de la ONU.

La vida está repleta de pequeños detalles, de personajes anónimos que se encuentran en el lugar adecuado en el momento preciso. La frase de Albert Einstein: “Dios no juega a los dados”, nos acerca a una realidad que apenas comprendemos dadas nuestras extraordinarias limitaciones.

Personas honestas, nobles, responsables de sus deberes ante sí mismos y ante la vida, y que en algún momento se encuentran ante un fuego cruzado, ante situaciones embarazosas, delicadas, en donde tienen que decidir si dan un paso al frente, lidiando muchas veces con la incertidumbre de las consecuencias de sus actos.

O aquellos otros, mucho más abundantes; tibios, cómodos, que no les gusta complicarse la vida, que confunden la prudencia con la comodidad. Son aquellos que se abstienen de actuar ante las dificultades; se inhiben, las dejan pasar por miedo al error, a las complicaciones personales que le pudiera suponer.

Conocemos muy poco todavía sobre la naturaleza humana y sus posibilidades. Los desafíos de la vida son los que ponen a prueba el temple, el coraje, la sabiduría, los recursos internos que cada quien posee. En algún momento de la existencia aparece la oportunidad, la prueba, el examen que nos invita o nos exige, dependiendo de las circunstancias, a dar una respuesta adecuada, a sacar lo mejor de nosotros mismos.

Muchas veces es como una especie de luz interior que de repente se enciende, activa la grandeza humana y espiritual del ser; le saca de su fragilidad y le empuja a dar un paso hacia adelante para enfrentarse al problema o al reto que se le presenta. Con la angustia de la incertidumbre, con miedo quizás, pero con resolución. Asumiendo con valor todas las consecuencias.

Mientras tanto, en un mundo de fachadas y de hipocresías, en donde la palabra bien dicha, adornada con hermosos ideales, exhibiendo gran conocimiento teórico desde las tribunas abundan por doquier; otros cumplen con su deber en las distintas facetas de la vida: profesional, familiar, social, etc. Actúan discretamente, sin hacer ruido ni llamar la atención.

Son los verdaderos héroes que dan un sentido superior a la condición humana, en una sociedad un tanto errática y perdida. Son el soporte en donde descansa el equilibrio ante el caos, la sensatez ante la confusión, la paz ante la turbación.

El caso del militar Stanislav Petrov es, sin duda, un claro ejemplo.

 

José M. Meseguer

© 2017, Amor, Paz y Caridad

 

“No siempre podemos hacer grandes cosas, pero si podemos hacer cosas pequeñas con gran amor”  (Madre Teresa de Calcuta)

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