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HISTORIA DE UNA VIDA

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Historia de una vida

Hace ya bastante tiempo, en una de mis vidas, vine a la Tierra como hija de un poderoso señor feudal, muy influyente y rico. También tuve una hermana que, al igual que yo, vivíamos sin preocupaciones, atendidas por criados; nada nos faltaba, nuestra infancia fue feliz. 

Los problemas empezaron en la adolescencia. En aquella época, los nobles usaban a sus hijas como moneda de cambio para contraer alianzas con otros poderosos, entregándolas en casamiento. Conmigo no aconteció esa circunstancia, pero sí fue la situación que acompaño a mi hermana. Ella fue entregada a un hombre para su casamiento. Yo, enamorada de un joven que lógicamente mi padre no podía aceptar como mi pretendiente, decidí voluntariamente pedir a mi padre que me internara en un convento. Así fue y así lo conseguí.

 Este joven despertaba en mí una pasión inusitada, que a pesar de los hábitos no podía controlar, y de forma furtiva nos veíamos a pesar de los votos que yo había realizado.

Indudablemente, mi vocación por la Iglesia no era la que debía de ser, pero sin embargo estaba feliz porque contaba con el afecto y cariño de aquel joven.

 Todo ello fue transcurriendo hasta el momento en que el drama llegó a mi vida.

Descubrí que mi amado había entablado relaciones con mi hermana, que ya estaba casada, y nos usaba a las dos para sus fines. Aquello, en vez de despertar en mí el rechazo hacia él, incentivó todavía más la pasión, y lo que es peor, el odio hacia mi hermana, un ser al que yo había idolatrado y querido durante tantos años.

Cuando ella también tuvo conocimiento de la situación, ésta fue insostenible. Procuramos hacernos todo el mal y todo el daño la una a la otra.

 Muchas fueron las situaciones que se dieron en aquel momento, y las dos pecamos de lo mismo. Cegadas por un amor posesivo del cual este hombre supo aprovecharse, no veíamos que el odio que íbamos alimentando la una con la otra acabaría destruyéndonos, como así ocurrió.

Él, aprovechándose de su situación, amenazó a mi hermana con destapar su adulterio, y a mí con las faltas de mis votos de castidad dentro de la Orden. Esta situación de chantaje tan enorme, lejos de aminorar el afecto que teníamos por él, estableció una relación tormentosa de apego desmesurado, pero al mismo tiempo de perturbación terrible, que continuó después de la muerte. Nos vimos sometidas a un proceso obsesivo, tanto mi hermana como yo, con él, y ambas hacia él, entramos en un círculo de daño permanente, emocional, mental y espiritual que duro bastante tiempo.

En la siguiente existencia, la Divina Providencia nos concedió una oportunidad de reparación. Mi hermana y yo vinimos como pareja, hombre y mujer, y el hombre que había sido el causante de nuestra desdicha vino como hijo nuestro. De esta manera, se nos ofreció la oportunidad de resarcir el odio por el amor inicial que nos tuvimos, al tener en común el afecto del hijo querido. Pero indudablemente nadie cambia de la noche a la mañana, y a pesar de que nosotras, en el espacio, ambas quisimos rescatar nuestra deuda y saldarla, él aprovecho la circunstancia para aprovecharse de nosotras nuevamente, ahora en su condición de hijo; nos chantajeaba de forma continua y hacía que nuestra relación conyugal pasara por momentos de crisis y de competencia para ver cuál de los dos le queríamos más, dándole todos los caprichos, con el fin de ganarlo.

Poco a poco, nuestro hijo se fue apartando de nosotros, hizo su vida y pudimos, con el desengaño que nos produjo su actitud, recuperar el afecto que nos teníamos. Él despreció los vínculos paternos y maternos, nos generó mucho sufrimiento, nos infligió mucho dolor, pero al menos pudimos rescatar el cariño y el afecto que, como espíritus, teníamos antes de que ese espíritu apareciera en nuestra vida.

Podría continuar relatando las circunstancias en las que triste y lamentablemente acabó esa existencia, pero es suficiente para que se entienda como ejemplo de una de las enseñanzas del Maestro Jesús cuando se dirigía a aquel sabio judío hablándole de la reencarnación: “La carne proviene de la carne, pero el espíritu no se sabe de dónde viene, sopla como el viento, unas veces está aquí y otras allá”. Con ello quería manifestar que el espíritu muchas veces viene como padre, otras como hijo, otras como madre, hermano, hermana, etc., y de esa forma que comprendáis que la ley de Dios nos coloca en la disposición correcta que necesitamos para reparar nuestras deudas del pasado.

Como conclusión, debemos prestar atención a aquellos que vienen con nosotros en cada existencia, ya que las relaciones entre nosotros pueden ser por el afecto que nos tenemos, que venimos a seguir ampliándolo, o por el desafecto y las deudas que tenemos contraídas y que precisamos rescatar; y en estos casos es más importante prestar atención al desafecto que al afecto, porque con aquellos espíritus que venimos como familiares tenemos siempre una deuda, bien de gratitud o bien de rescate.

Historia de un espíritu por: Un espíritu

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