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ENSEÑAR Y APRENDER

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Enseñar y aprender

El adelanto de la humanidad en todos los campos, ciencias, artes, sociedad…, se debe sin duda alguna a la posibilidad de transmitir de generación en generación los conocimientos y adelantos producidos, de otra forma, el ser humano todavía estaría sumido en la ignorancia.

En esta función de enseñanza por parte de unos y aprendizaje a cargo de otros se fundamenta la evolución de nuestro mundo. Bien es cierto que ahora más que nunca se propone el autoaprendizaje para facilitar que los conocimientos lleguen a mayor cantidad de personas, sin embargo la labor de los educadores no se sustituye sino que se complementa con estos métodos autodidácticos.

Sigue siendo de vital importancia que los padres y profesores continúen educando a los niños, y el aspecto que deberíamos cuestionarnos es el qué enseñar y cómo hacerlo. Para ello debemos tener presente que, por un lado se encuentran los conocimientos de propósito cultural, científico, artístico, etc., y que además -y lamentablemente se pasan por alto- están aquellas cuestiones correspondientes a la educación o despertar de los valores humanos que todos llevamos inherentes como personas, pero que es preciso descubrir e incentivar para que afloren y se manifiesten con naturalidad.

El comportamiento, hábitos y otras cuestiones relativas a la ética y moral deben ser sabiamente mostradas, sin ninguna imposición, al educando, para que en él se desarrollen, en los años sucesivos, sus propias convicciones, forma de pensar, cuente con suficientes elementos de juicio para identificar lo positivo de lo negativo, aprenda a convivir con sus semejantes y a entender la vida con unas concepciones no simplemente materiales sino también humanitarias y altruistas.

Esta faceta de la educación es desarrollada fundamentalmente por los padres, que son los que tienen la responsabilidad y obligación moral para con sus hijos. Es cierto que en la adolescencia la persona modifica su comportamiento y forma de ser, sin embargo si la educación recibida ha tenido en cuenta, por un lado, los conocimientos y, por otra parte, sus valores humanos, el cambio será sutil y sin brusquedades ni conflictos interiores.

La actitud del educador, padre o profesor, es vital para garantizar que la persona se desarrolle libre y voluntariamente; por esa razón, el menosprecio, la imposición por la fuerza o el castigo, no son convenientes porque ocasionan el efecto contrario: rechazo y desilusión. Tengamos en cuenta que para que exista una buena relación y confianza entre padre-hijo o maestro-alumno, ambas partes deben mirarse de igual a igual, con respeto mutuo y una buena dosis de amistad y simpatía, sin esos requisitos la educación carece de total validez, y no producirá al cien por cien los beneficios deseados.

Si educar a los demás entraña su dificultad, también la tiene saber colocarse en la predisposición adecuada para aprender todo lo que nos quieren enseñar. Sin embargo, ambas actitudes se solapan continuamente, y lo ideal sería decir que el que enseña debe encontrarse con el ánimo de aprender de los que le rodean, no puede aislarse y considerarse autosu-ficiente en ese sentido. Asimismo, el que ahora aprende también puede a su nivel enseñar a otros, teniendo siempre presente que debe hacerlo con humildad y sin ánimo de imposición o superioridad algunas.

Nunca hemos de pasar por alto que lo verdaderamente importante no es atesorar conocimientos con la única intención de satisfacer nuestro orgullo o deseo de superioridad, es más positivo saberlos utilizar adecuadamente en nuestro alrededor, en consonancia con las leyes naturales y espirituales, con humildad y vivo deseo de ayuda al semejante.

El afán de saber es sumamente positivo pero nunca debe hacernos olvidar que existen otros aspectos tan importantes como éste. Saber tratar a los demás, es un buen ejemplo, porque ello nos ayudará a conocernos a nosotros mismos y a estar pendientes de las necesidades ajenas, mejorando nuestra propia evolución y cumpliendo con nuestra responsabilidad, porque al que más ve y entiende más se le exige.

Aspirar a la felicidad es una de las metas del hombre desde el inicio de los tiempos, muchos la buscan en los conocimientos humanos, otros en el dinero y poder, pero unos y otros se dan cuenta, tarde o temprano, de que está mucho más cerca, en ellos mismos, en la armonía con la naturaleza y con las personas que le rodean.

Por tanto, debemos encarar nuestro propio mejoramiento, en todos los sentidos, con una actitud receptiva, para no desaprovechar la oportunidad de aprender y a la vez para servir de apoyo a aquellos que lo puedan necesitar.

Enseñar y aprender por: F.M.B.

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