LEYES UNIVERSALES

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LEY PALINGENÉSICA O DE LOS RENACIMIENTOS

La reencarnación en el Nuevo Testamento.
En esta lección de hoy, no voy a presentaros conceptos nuevos para convenceros de la Verdad de la reencarna­ción de las almas o ley de los renacimientos múltiples del Espíritu, para el desarrollo de las facultades contenidas en su propia esencia; ya que, los más de vosotros conocéis ya esta verdad. El objeto de esta lección es presentaros algunos argumentos para que alcancéis el convencimiento pleno de la verdad

de la reencarnación de las almas como vía de progreso y ascensión del Espíritu hacia estadios más grandiosos, a los cuales es atraído por ley de evolución.

Hemos pasado las fases inferiores y más penosas de la etapa humana; pues desde viejas edades venimos avanzando lentamente, animando personalidades en diferentes ambientes, para adquirir las experiencias que los mismos hayan podido ofrecernos, y desarrollando lentamente las facultades del Espíritu a través de las múltiples vicisitudes que las distintas vidas humanas y ambientes diversos nos han proporcio­nado.
El Ser espiritual, que es la realidad existencial e imperecedera, necesita adquirir las experiencias que ofrecen las diversas modalidades de vida humana. Para ello tiene que pasar por la pobreza y la riqueza con sus penas y alegrías, el poder y la autoridad en sus diversos aspectos. Y para alcanzar la superación necesaria en cada uno de esos aspectos tiene que venir al plano físico y vivir cada uno de ellos tantas veces como sea necesario, hasta la completa asimilación de las experiencias que cada uno de los aspectos pueda ofrecerle. Porque es ley divina que, a las altas cumbres de la felicidad no se llega por la llamada “gracia de Dios”, sino por el propio esfuerzo que va desarrollando las facultades del Espíritu.
Necesario es grabar en la mente, que el Espíritu es el mismo a través de las diversas personalidades, y se manifiesta en el lugar, ambiente y circunstancia que más convengan para la realización de la tarea que le corresponda en cada encarnación.
Por ello, muy necesario es observar las indicaciones que el Espíritu manifiesta por medio de ideas y sensaciones que, con mayor o menor claridad, percibimos, y a las que denominamos “Voz de la Conciencia”.
Nacer, crecer, aprender, realizar y morir; para volver a renacer y desarrollar personalidades cada vez más destacadas, cada vez más eficientes y útiles. Esa es la ley, la Ley Palingenésica o de los renacimientos; para continuar progresando y avanzando en ese largo camino de la evolución, hacia la meta liberadora de las encarnaciones en los mundos físicos, cual es la PERFECCIÓN.
“Sed perfectos como mi padre es perfecto”. Palabras del Maestro, según versiones actuales del Nuevo Testamento. Y yo pregunto, ¿cómo podemos ser perfectos o alcanzar la perfección en el brevísimo espacio de tiempo comprendido en una sola vida humana? Por ello es que la bondad infinita del Padre Universal, esa Grandiosidad Cósmica incomprendida aún, manifestada en esa ley de evolución en la cual está implícita la reencarnación, ley de los renacimientos; nos ofrece tantas y tantas vidas en la carne, como sean necesarias para alcanzar la meta referida, y con ella, la felicidad plena.
Cuando al final de una vida humana, ya en esa otra dimensión, el Espíritu puede comprobar si la experiencia que motivó esa vida ha sido asimilada o no; si el objeto de su vida humana física ha sido realizada o no. Y cuando el programa que formó en el plano extrafísico antes de encarnar lo ha realiza­do, o cuando la experiencia que motivó esa vida humana ha sido asimilada; el Espíritu (la realidad continuadora de vida) siente un gran gozo y pasa al plano espiritual que por ley le corresponde, a disfrutar la alegría y felicidad que el mismo contiene. Pero, después de un tiempo mayor o menor, que varía según el grado de evolución alcanzado, comienza a sentir en sí el deseo de alcanzar nuevas experiencias o emprender nuevos programas de realización en el plano físico. Y este deseo le impulsa de un modo irresistible hacia una nueva encarnación. Por el contrario si comprueba que la experiencia, el programa a realizar o las superaciones que motivaron su vida humana no han sido alcanzadas, el remordimiento hace presa en ese espíritu y sufre mucho, determinándose a reencarnar nuevamente, con el firme propósito de aprovechar mejor una nueva oportuni­dad. Esta modalidad corresponde a espíritus de mediana evolución. Y como las vacantes u oportunidades propicias para encarnar escasean, tendrá que esperar el tiempo necesario; colaborando, en el interín, en algunas de las variadas modalidades de servicio fraterno en el astral.
La finalidad u objeto de las encarnaciones sucesivas es adquirir las experiencias necesarias para llegar a la sabiduría, desarrollar los poderes que en estado latente se hallan en el Espíritu; así como sensibilizar el alma; a fin de colaborar en la obra divina universal de evolución y disfrutar de su grandeza.
La miseria, enfermedades y todos los aspectos dolorosos de la vida humana, serían injustos y negarían el amor divino, si no existiera la explicación clara y lógica que proporciona el conocimiento de la ley que rige las reencarna­ciones. Si aún en nuestra imperfección humana, un padre o una madre no serían capaces de exigir a un hijo una vida dolorosa y miserable y a la vez dar a otro hijo una vida plena de cariño y facilidades; ¿cómo podemos suponer, entonces, que la Divinidad que es Padre-Madre, en Sí misma perfecta, Dios de Amor infinito, justicia y sabiduría, diera bienes a un hijo y se los negara a otros? Si como humanos imperfectos consideramos esto injusto ¿cómo podemos pensar que las desigualdades humanas son voluntad de Dios?
Dios es Amor en todas Sus manifestaciones, y el dolor no es enviado por Dios, sino consecuencia de nuestros hechos en el pasado o en el presente.
Necesario es fijar bien en nuestra mente que las diversas encarnaciones del Ser espiritual traen un objetivo básico a realizar en cada una de las vidas humanas. Por ende, debemos comprender que, la vida humana no es un fin en sí misma, sino un medio para realizar un objetivo o programa; así como asimilar las experiencias que las vicisitudes de la vida, o cada vida, depara, a fin de desarrollar las facultades recibidas de la Divinidad Creadora. Y son precisamente las vidas difíciles, las que más contribuyen a ese objetivo, ya que las vidas fáciles (vida de descanso después de otras difíciles) contribuyen muy poco al progreso del Espíritu, y en muchas de las veces son impedimentos de progreso, por el mal uso que de ellas se hace.
Las experiencias y vicisitudes que corresponden a cada ser humano están en concordancia con sus hechos en el pasado y con su necesidad evolutiva. De aquí la diversidad de aspectos y condiciones de vida humana –las desigualdades humanas– que son diversos grados evolutivos y diversas necesidades de evolución.
Y es precisamente en esas desigualdades humanas donde podemos apreciar la acción de vidas múltiples del Espíritu –reencarnación– y su relación con la ley de consecuencias o causa y efecto.
Y para aquellos de vosotros que aún pueda quedar cierta duda, o aquellos que no hayan asimilado plenamente el contenido de estos argumentos, les invito a profundizar en el libro “Tres enfoques sobre la reencarnación”, (actualmente en su 5ª edición).
Y por último, veamos lo que nos dicen los textos o versiones actuales del llamado (Nuevo Testamento). Invito a aquellos de vosotros que tienen los Evangelios como palabras de verdad, a analizar con mente clara lo referido por los apóstoles: “Porque todos los profetas y la Ley han profetizado hasta Juan. Y si queréis oírle, él es Elías, el que había de venir. El que tiene oídos que oiga”. (S. Mateo, cap. XI, 13 al 15). Aquí puede apreciarse fácilmente que el Mesías afirmó la vuelta del profeta Elías en la persona de Juan Bautista. O sea que, confirmó lo anunciado por el profeta Malaquías (IV-5).
Y en esa otra parte del Evangelio de S. Mateo (XVII, 10 al 13) cuando Jesús bajaba por el monte Tabor, después de la transfiguración, le preguntan: “Pues, ¿cómo dicen los escribas que ha de venir primero Elías?”. Y él les respondió: “Elías, realmente ha de venir y entonces restablecerá todas las cosas; pero yo os declaro que Elías ya vino y no le reconocie­ron..”. Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Juan el Bautista.
Y en el Evangelio de S. Marcos (IX, 10 al 12) está más claro todavía. Reza así: “Y le preguntaron: Pues ¿cómo dicen los fariseos y los escribas que ha de venir primero Elías? Y él les respondió: Elías realmente ha de venir… Si bien os digo que Elías ha venido ya en la persona del Bautista y han hecho de él cuanto les placieron según estaba escrito”.
Y por último, os invito a analizar con detenimiento y meditar con este otro pasaje del Evangelio de S. Juan (cap. IX, vers. 1 al 3). “Pasando, vio Jesús a un hombre ciego. Y sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿qué pecados son la causa de que éste haya nacido ciego, los suyos o los de sus padres? Respondió Jesús: ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios”.
Con esta respuesta, el Mesías dejó bien claro que, ni éste (el ciego como persona) ni sus padres, habían cometido falta causante de tal condición. Entonces, si el hombre ciego no había cometido faltas ya que había nacido ciego. ¿Dónde está la causa? -pregunto yo. El Mesías dijo:… ”para que se manifiesten en él las obras de Dios”. ¿Qué obras? -pregunta­réis. Las obras de Dios se manifiestan en toda Su creación, por medio de leyes sabias y justas. Y si ese hombre vino ya ciego a la vida humana, para sufrir; ¿no os parece que tiene que haber una causa previa al nacimiento?
Y, ¿cuál habrá podido ser? Sencillamente, su pasado, el dolor infringido a otros en sus vidas anteriores. Y consecuencialmente vino a esa vida para pagar el daño que a otros hubo causado. Aquí tenemos un aspecto de las obras de Dios: sus leyes. La ley de consecuencias o de causa y efecto en acción de reajuste, recibiendo cada cual la cosecha de su siembra.
La reencarnación o encarnaciones sucesivas del Espíritu es una ley natural y cósmica, implícita en la ley de Evolución. Sin ella, las actuales desigualdades humanas: físicas, intelectuales, volitivas y morales, no tendrían explicación lógica. A la luz de la ley Palingenésica o ley de los renacimientos, nos es fácil comprender el origen o causa de las desigualdades humanas y los fenómenos dolorosos como reajuste del orden violado (reajuste cósmico), como rescate de deudas contraídas con la ley en el pasado.
Todo lo expuesto nos indica que venimos animando diversas personalidades desde épocas pretéritas, pasando por las diversas modalidades desde la época de las cavernas, y por la esclavitud en la que hemos sido vendidos como bestias indefensas, así como animando personalidades de esclavos y amos, nobles y plebeyos, ricos y pobres, hasta alcanzar el estado actual que a cada uno de nosotros corresponde. Pero, como en los designios de la Sabiduría Cósmica está que habremos de alcanzar la sabiduría, el amor y la pureza, así como la fortaleza para las grandes realizaciones, conquistas necesarias para gozar de felicidad plena; a esa meta habremos de llegar. Más, de nosotros depende adelantar o retardar la hora de llegada. Porque, cuando cegados por las ilusiones que cual espejismos se presentan en cada una de las vidas humanas, o por las pasiones que inducen a cometer errores causantes de dolor; retardamos la llegada a esa meta: la perfección.
Tengamos presente, que la vida, aunque humana en el plano físico, es espiritual en su objetivo. Y que, progresar es una necesidad impuesta por la ley de evolución para elevar el Espíritu a las cumbres del amor y del poder. Y que nadie puede detener nuestro progreso más que nosotros mismos, al olvidarnos del verdadero objeto de la vida humana y su realiza­ción.
SEBASTIAN DE ARAUCO

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