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MEMORIA, IDENTIDAD Y FUERZA PSÍQUICA

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Memoria, identidad y fuerza psíquica

“Hay evidencias de que el periespíritu (M.O.B.) conserva también la memoria de sus experiencias y atributos psicológicos”.

Hernani G. Andrade, libro Muerte, Renacimiento, Evolución

Una de las conclusiones que nos ofrece el estudio de los campos electrodinámicos, bioplásmicos, morfogenéticos o mórficos de los que hablamos en el capítulo anterior es la incuestionable evidencia de una memoria que se transfiere de un tiempo a otro tiempo, en el mismo individuo y también a nivel colectivo en lo referente a su especie.

Esta memoria puede verificarse en el apartado psicológico y en el biológico. En primer lugar, viene a confirmar el psicoanálisis de Jung en lo que respecta al inconsciente individual y colectivo, donde una serie de arquetipos, patrones y circunstancias históricas, míticas, evolutivas, etc. que afectan a todo el colectivo humano son asimilados inconscientemente por parte de todos los individuos de la sociedad.

Pero esta memoria no sólo atañe a los rasgos psicológicos del individuo sino que en el apartado biológico el aspecto de la herencia, y más concretamente la genética, viene a confirmarse como un elemento importante de los rasgos que heredamos de nuestros ancestros en el ADN, y que en una parte importante condicionan nuestra fisiología y con ello el funcionamiento de nuestro conglomerado celular.

Pero hay más: esta memoria biológica por herencia y psicológica tiene un complemento en la resonancia mórfica de la que nos habla el investigador Rupert Sheldrake. Como bien especifica la palabra resonancia, esta tiene como característica principal almacenar y transferir energía. Y la primera ley de la termodinámica nos explica que la energía ni se crea ni se destruye, se transforma o se transfiere de distintas formas. De aquí que Sheldrake avanza y concluye que la “memoria biológica” de los seres vivos puede ser transferida a través del tiempo de unos individuos a otros dentro de su misma especie.

Esta transferencia atemporal de la memoria individual es la que tiene lugar con el periespíritu y las experiencias que archiva y acumula en su cuerpo causal a lo largo de las reencarnaciones, y que no es otra cosa que el inconsciente profundo del que habla Jung.

“Como consecuencia de la muerte se produce una inevitable alteración del estado de conciencia, pero esto no implica obligatoriamente la pérdida de la identidad”.

Hernani G. Andrade, libro Muerte, Renacimiento, Evolución

Máxime cuando después del proceso de la muerte física, y a pesar de la consunción celular, el periepíritu se marcha con el alma hacia el plano espiritual, prácticamente íntegro salvo la parte más material (el cuerpo vital) llevando consigo toda la información y experiencia vivida en su última aparición en la Tierra, manteniendo así su plena individualidad, experiencias, vivencias, emociones y circunstancias relevantes.

A todo ello sumará toda la información de las personalidades anteriores, en sus vidas pasadas. Una información a la que no tuvo acceso en el plano físico, pues la memoria espiritual se encuentra sepultada en lo más profundo del inconsciente y solamente cuando se regresa al plano espiritual, liberado ya de los filtros físico-químicos (cerebro, neurotransmisores, etc.) y otras situaciones biológicas que condicionan el olvido del pasado, es cuando puede acceder a esa información, y no siempre en todos los casos, pues esto también depende del grado de lucidez y elevación del espíritu del que se trate.

Y cuando vuelve de nuevo a la Tierra a través de una nueva encarnación, mantiene perfectamente su acervo y archivo milenario que le caracteriza: lo bueno, lo malo, o positivo, lo negativo, las tendencias y hábitos, los traumas o momentos de exaltación y felicidad, etc.

Nada de todo esto afecta una alteración de la personalidad o de la identidad del ser. Antes al contrario, la evolución y trayectoria del alma tiene como recurso principal la memoria de toda la trayectoria inmortal que atesora, al margen de consideraciones morales, pues de todo se aprende, y a veces las experiencias dolorosas, traumáticas o muy graves son los elementos que más valor atesoran en el despertar del alma hacia la auténtica vida interior o del espíritu.

“El organizador biológico almacenará toda la información de la última personalidad, junto a las informaciones de otras identidades que él animó en el pasado, en encarnaciones anteriores”.

Hernani G. Andrade, libro Muerte, Renacimiento, Evolución

Hemos de tener en cuenta que esta memoria no es un archivo lleno de polvo milenario, sino que es un elemento vivo a través de los automatismos biológico-psicológicos que, como patrones fuertemente gravados en el interior del periespíritu, suelen aflorar en todas las vidas como impulsos que caracterizan nuestra personalidad integral, nuestra individualidad como espíritus milenarios. La Terapias de Vidas pasadas confirman esta evidencia científica al comprobar cómo sucesos graves y emocionalmente fuertes que tuvieron lugar en un pasado remoto, en vidas anteriores, pueden seguir condicionando diversos traumas psicológicos, formas de conducta o comportamientos disruptivos y patológicos que, sin saber de dónde proceden (inconsciente), no por ello dejan de afectarnos.

“El espíritu no actúa sobre la materia sino por medio de la fuerza vital. Y el periespíritu no puede obrar sobre la materia desde el momento que le falta su agente de transmisión: la fuerza vital”.

Gabriel Delanne, libro: La Evolución Anímica

Todo esto sería imposible sin el mecanismo que permite al periespíritu realizar ese trabajo de archivo, impresión y catalogación de los fenómenos sensoriales, experienciales y vivenciales que marcan nuestra vida en la carne y en el plano espiritual. Ese mecanismo no es otro que la fuerza psíquica que termina por convertirse en memoria psíquica y que en un principio, cuando tenemos un cuerpo físico, consiste en registrar la sensación.

Esta fuerza vital, cuando estamos encarnados, canaliza a través del sistema nervioso y sensorial por un lado y del proceso cognitivo, mental y emocional por otro, todas las percepciones a las que tenemos acceso. Muchas de ellas conscientes y otras inconscientes, que pasan desapercibidas para nosotros al tener nuestra atención colocada en otro sitio, pero que nuestro subconsciente archiva con diligencia y precisión.

“El periespíritu constituye una individualidad que contiene toda la experiencia biológico-psicológica de las personalidades animadas por él mismo desde su origen histórico”.

Así pues, la memoria que guarda el periespíritu no sólo es un elemento vivo y actuante, sino que a su vez constituye nuestra identidad íntima, aquello que somos, lo que hemos construido como individualidad hasta llegar al momento actual.

Memoria, identidad y fuerza psíquica caracterizan así, de esta manera, nuestra individualidad, y el periespíritu es el guardián de nuestra historia evolutiva. Todo ello con el permiso y la voluntad del alma, que es quien asume e incorpora todas las conquistas evolutivas, y a través de la dirección que imprime a su voluntad, usufructúa y utiliza los recursos que posee para dirigirse al objetivo de su autorrealización y perfeccionamiento.

Nunca debemos olvidar que el periespíritu no tiene voluntad propia, es simplemente un organismo semimaterial que envuelve al espíritu y permite el contacto entre la materia y la energía purísima del ser inmortal: “el alma humana encarnada”. Es esta última el verdadero agente que produce los cambios utilizando su experiencia, memoria e identidad para conducirse rumbo a su destino de perfección y dicha.

Memoria, identidad y fuerza psíquica por: Antonio Lledó Flor

2026 © Amor, Paz y Caridad

“El periespíritu es como el almacén de los recuerdos, el sitio donde se fija la memoria y a donde acudirá el espíritu cuando tenga necesidad de medios intelectuales para razonar, imaginar, deducir, etc. Es el receptáculo de las imágenes mentales y el órgano de la memoria física y de la memoria inconsciente”

Gabriel Delanne, libro: La Evolución Anímica

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