Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

Lo que los hombres debemos a Allan kardec

Hace muchos siglos que uno de los siete sabios de la Grecia, el inolvidable Solóm le dijo al hombre: ¡Conócete a ti mismo!. Pero esta sabia advertencia, este utilísimo consejo pasó completamente desapercibido; porque si un imposible existe en la tierra , es que el hombre llegue a conocer siquiera en una mínima parte sus innumerables defectos.

Todos nos creemos buenos, y por apéndice sabios, y por añadidura, eminentes y grandes.
Todos decimos (íntimamente), si pasamos desapercibidos:”El mundo no me comprende; todos queremos ser notabilidades; no nos contentamos con ser medianías. ¿Esto qué prueba?. Que no pensamos ni decimos como decía Sócrates, el cual confesaba: “No sé más que una cosa, y es que lo ignoro todo”. La humanidad, por el contrario salvando rarísimas excepciones cree que lo sabe todo; cada cual en la esfera en que vive se cree una celebridad, y, en una sociedad fundada sobre cimientos de arena, su vida es tan insegura, que al menor movimiento se desquicia la fabrica social y las muchedumbres viven mal, muy mal, sujetas siempre a violentas convulsiones políticas y religiosas.

Dijo un gran político de nuestros días, Posada Herrera que: “las ideas son como la pólvora; desparramadas y libres, son inofensivas; comprimidas producen efectos desastrosos”. He aquí una gran verdad. En este mundo los hombres se creen más sabios; los que están encumbrados en las altas regiones del poder, dictan su voluntad soberana, comprimen las ideas de las masa, populares, y llega un día que las explosiones del descontento general producen la anarquía.

Los de arriba se creen infalibles; los de abajo se figuran que son los reformadores que están llamados a constituir las modernas sociedades; precipitan los acontecimientos, y la vida de los pueblos es una continua lucha. El progreso se abre paso entre zarzas espinosas, el espíritu algo pensador se fatiga, no puede con el peso de tantas contrariedades, de tantas anomalías en religión, en política y en moral.

Hay situaciones tan insostenibles en este mundo,hay períodos en la vida tan insoportables, que necesitaba la humanidad algo más lógico, más razonable, más en armonía con las aspiraciones generales.

Le era indispensable saber de dónde venia, porqué estaba aqui, y presentir dónde iría mañana.

Había llegado el momento de comenzar el hombre a conocerse a si mismo, y no podía empezar este trabajo sin el advenimiento del Espiritismo.

Los grandes filósofos, los sabios reformadores, llegan cuando hacen falta; no se retardan un instante ni se adelantan un segundo; y Allan Kardec vino a la tierra cuando las imaginaciones, esas locas de los siglos, querían entrar en razón, cuando los hombres se preguntaban. ¿Por qué siento y por qué quiero? … ¿Por qué mi pensamiento busca un más allá?.

Entonces Kardec les dijo: “porque habéis vivido ayer, porque viviréis mañana, porque vuestra vida es eterna como emanación de Dios”.

¿Quién eres tú? -le preguntaron las multitudes- Un espíritu convencido de la grandeza de su origen y del progreso indefinido de su porvenir, contestó Kardec. Un hombre que viene a poner en vuestras manos los misterios de las religiones, los medios para comunicaros con los que se fueron, muertos en la carne, vivos en el espíritu.

0s traigo la revelación oculta ayer en los santuarios; !la revelación, que es pan de vida, agua de salud, ley de justicia, fe racional! !verdad inconcusa, prueba innegable de la omnipotencia y de la suprema sabiduría de Dios!.

Ahora comenzaréis a conoceros, sabréis que cada cual se premia y se castiga a sí mismo, y de nada os servirá creeros grandes, si por las condiciones de vuestra azarosa vida veis que sois los pigmeos de los siglos. No porque otros os lo digan y os lo prueben, sino porque
vosotros mismos, a pesar vuestro, muchas veces sentiréis que vuestro ser se agita, que vuestro brazo tiembla, que vuestra mano busca un lápiz, una pluma, algo que le sirva de instrumento para dejar escrito un pensamiento que no germina en vuestra mente, y escribiréis, en contra de vuestra voluntad, y os haréis cargos y reconvenciones que nunca habréis soñado.

Vosotros, los que os creíais mártires de la fatalidad, veréis que sois víctimas de vuestros vicios, si no presentes, pasados, única fatalidad que existe en los mundos; y os convenceréis a vosotros mismos mal que os pese; y cuando el hombre 1legue a conocerse, volverá Jesús a la tierra, que el reino de la paz y del amor tiene que cumplirse, como se cumplen todas las profecías.

Esto le debemos los hombres a kardec.

¡ El haber comenzado a conocernos!

¡El haber dado principio a la regeneración social!

¡El haber puesto la primera piedra de la fraternidad de los pueblos!

¡El haber abierto los ojos a la luz y el haber dirigido la primera mirada a nuestra conciencia!.

¡Todo esto lo debemos a Kardec! Justo es que a su memoria tributen los hombres pensadores un recuerdo.

Nosotros, poseídos de inmensa gratitud, sintiendo en la tierra no se puede expresar, decimos a kardec ¡Cuánto te debemos!. Cuando después de luengos siglos nos veamos engrandecidos y regenerados, cuando entremos victoriosos en los mundos de la luz, y la humanidad agradecida nos consagre un recuerdo, como hoy te lo consagramos a tí, nosotros que desde las regiones del infinito:

¡Gloria,Gloria a Kardec!


¡Gloria a uno de los más grandes reformadores de la humanidad!

¡Gloria al que implantó en la tierra el racionalismo religioso!.

AMALIA DOMINGO SOLER

Artículo extraído de l a “LUZ DEL PORVENIR” de Barcelona, en su nº 46, página 382, editado el 19 de Marzo de 1896.

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