Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

EL MEJOR CAMINO
El desenvolvimiento de la Vida se hace tan pesado y difícil, que el hombre curtido en las luchas por la existencia tiembla pensando cuál será el trabajo encomendado y cuál el fin de su realización; pero si ese hombre busca y analiza las causas, el porqué de tan tristes y pesados acontecimientos, puede muy bien desenvolverse sintiendo en su conciencia la voz

de la razón, que ha de guiarle por sendero recto y seguro, capeando cuantos escollos e inconvenientes se le presenten.

La vida para el hombre de altas cualidades no puede ser otra que un espectáculo interesante con emociones más o menos intensas, y que él, como simple espectador, si a esto se ajusta, no ha de sacar más que las sensaciones propias por la mala o buena representación. Aunque en el teatro en que nos encontramos, todos tomamos parte en esa obra que se llama progreso del espíritu; puede ser uno simple espectador desde el momento en que es posible estar fuera del alcance de las bajas y ruines pasiones, deteniendo el brazo fratricida, parando el golpe de su adversario.
Muchas veces, pensando en el, al parecer, desconcierto de la Vida, me he hecho ciertas reflexiones, sacando en consecuencia lógicas apreciaciones. Dos son las palancas que mueven al hombre en su desenvolvimiento: el bien y el mal. Dejemos a un lado los adornos más o menos adecuados de que muchas veces se ven revestidos estos dos elementos, precisa presentarlos completamente desnudos para mejor apreciar sus cualidades. Aquellos seres que por egoísmo o mala fe siembran la semilla de la discordia, han de más tarde el fruto insano que se llama remordimiento, tocando las consecuencias del mal; y aquellos que con sentimientos nobles y altruistas enjuagan las lágrimas del que sufre, se hallan dentro del verdadero bien y han de sentir la satisfacción propia por el acto realizado.
Se que alguno contestará a mis apreciaciones con la sonrisa del que ve en estos actos la imposibilidad de su realización, diciendo que la humanidad es egoísta y no está en condiciones de apreciar tales virtudes ni ejecutar actos de tal transcendencia, pues el egoísmo se impone y destruye los más grandes ideales y principios. A estas objeciones puede contestarse fácilmente tomando como punto de partida la realización del bien por el bien mismo.
Figurémonos una sociedad cual la presente donde impera la lucha de clases, guiados todos por un fin, el de mejorar su condición y estado valiéndose de los medios que más se ajustan a sus ambiciones y deseos, sin mirar si estos medios se salen del cauce de la justa y noble lid; tendremos como consecuencia lo que hoy tocamos: una terrible lucha, poniendo en juego los más ingeniosos ardides y las armas más repugnantes, viviendo en constante zozobra por verse sujeto por el lazo de sus mismos amigos.
Al grande y al poderoso, se le ve revestido de la coraza de la fuerza como un salvoconducto por temor de una triste sorpresa del más pequeño, cuyo peso le anonada, y por lo tanto, su felicidad está muy lejos de él.
El pobre, el indigente, sugestionado por el odio, la envidia y la falta de medios de subsistencia, maldice al potentado, y como hambriento lobo espera coger su presa para devorarla; ese ciego antagonismo destierra de él la dicha tan deseada, creando en su conciencia la ponzoña de la desesperación.
El que puede desenvolverse con alguna facilidad, recogiendo con noble trabajo el fruto que haga frente a sus perentorias necesidades, éste ni es odiado ni envidiado, pero sufre por el ambiente que le rodea, por ser el intermediario de los dos extremos, tocando las consecuencias de uno y otro estado.
No es que yo quiera hacer descender al más poderoso confundiéndole con el más humilde, sólo quiero y veo en ello posibilidad, que el mayor no tema y el pequeño no odie, complemento que traería la relativa felicidad de todos.
El Espiritismo, que como lema principal tiene el Amor y como programa hacer la gran familia universal, puede muy bien hacer desaparecer ese antagonismo de las clases con sólo atraerse a su seno a esas potencias diciéndoles: a mi lado seréis felices si os desprendéis de ese egoísmo insano que a nada conduce más que a vuestra constante intranquilidad. El Dios verdad aquí lo encontraréis, sólo con el pequeño sacrificio de amaros los unos a los otros.
RAMÓN ESQUEMBRE MARCOS
Publicado en “La luz del porvenir” de Valencia el 1 de febrero de 1912.
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