Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

HOMBRES Y MUJERES PLANETARIOS
¿Están habitados los mundos planetarios? ¿Se parecen sus habitantes a nosotros?

La cuestión es mucho más seria, más vasta y más compleja de lo que aparentan creer ciertas inteligencias harto científicas.

El primer punto que nos llama la atención en los estudios de los otros mundos es el saber si son parecidos al nuestro.

Cuando observamos al telescopio la luna o Venus, Marte o Júpiter, buscamos enseguida, instintiva y naturalmente, si tiene analogía con el mundo que habitamos.

Nuestros esfuerzos tienden a examinar sus condiciones de habitabilidad, sus climas, sus estaciones, el estado de su atmósfera, su fuerza de gravedad, la duración del día y de la noche, con la idea preconcebida de que el grado de probabilidad en la labor de la existencia de la vida está en razón directa del grado de semejanza con el planeta que habitamos.

¡La vida! ¡La vida ! ¡La vida irradia por todas las partes en el globo, desde las negras Profundidades del océano, hasta las blancas cimas de las nieves perpetuas: se estremece en un rayo de Sol, pulula en una gota de agua, llena el aire de microbios, se multiplica de parásitos en parásitos en su propio detrimento, envuelve todo el globo de una red sin fin, que se forma constantemente consigo misma; se muestra en la tierra, en el agua, en el aire, en el planeta y en el animal, devorandose a sí misma antes de dejar de existir, y se desborda por todas partes la capa terrestre demasiado pequeña para contenerla.

El parecido de los los planetas entre sí es un hecho innegable, puesto que son de un mismo padre: Dios.

Pero difieren entre ellos, no sólo como situación, posición, volumen, masa, densidad, temperatura y atmósfera, sino también en la constitución física y química . y el punto sobre el cual
llamamos aquí la atención, es que esa diversidad no debe ser considerada como un obstáculo para las manifestaciones de la vida, sino al contrario, como un nuevo campo abierto a la fecundidad infinita de la madre universal.

Así pues, cuando nuestro pensamiento vuela no sólo hacia nuestros vecinos de la Luna, Venus, Júpiter o Saturno, sino hacia l as miríadas de mundos desconocidos que gravitan alrededor de los innumerables soles diseminados por el espacio, no tenemos ninguna razón plausible para imaginar que los habitantes de esas otras tierras del cielo se parecen en nada a nosotros en forma ni en sustancia orgánicas.

La sustancia del cuerpo humano, terrestre es debida a los elementos de nuestro planeta, especialmente al carbono.

Nos parece, indudablemente, que para ser hombre o mujer hay que tener cabeza, corazón, pulmones, piernas, brazos, etc., pero nada está menos demostrado.

Todas las formas imaginables y no imaginables deben poblar la multitud de los mundos. El hombre terrestre, está dotado de cinco sentidos, o de seis, según algunos… ¿Por qué se ha de haber detenido ahí la naturaleza? ¿Por qué, por ejemplo, no ha de haber dotado a ciertos seres de un sentido eléctrico, de un sentido de orientación o de un órgano que perciba las vibraciones etéreas del infrarrojo o del ultravioleta, y que permita oir a inmensa distancia y ver a través de las paredes?

Nosotros comemos y digerimos como groseros animales. ¿No existirán mundos en los que una atmósfera nutritiva dispense a los habitantes de un trabajo tan ridículo?

Atomos liliputienses como somos, debemos convencernos de una vez para siempre de que toda nuestra imaginación no es más que esterilidad en medio del infinito apenas entrevisto por el telescopio…

CAMILO FLAMMARION
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