Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

ACCIÓN DE DIOS EN EL MUNDO Y EN LA HISTORIA

Dios, foco de inteligencia y de amor, es tan indispensable para la vida interior como el sol para la vida física.

Dios es el sol de las almas. De El emana esta fuerza, que es a la vez energía, pensamiento, luz; que anima y vivifica todos los seres. Cuando se pretende que la idea de Dios es inútil, indiferente, es como si se dijese que el sol es inútil, indiferente para la naturaleza y la vida.

Por la comunión de pensamiento, por la elevación del alma a Dios, se produce como, una penetración continua, una fecundación moral del ser, un desarrollo gradual de las potencias escondidas en él, pues estas potencias, pensamiento y sentimiento, no pueden despertarse, crecer, sino por medio de aspiraciones, por los anhelos de nuestro corazón. Fuera de esto, todas esas fuerzas latentes dormitan en nosotros; quedan inertes, adormecidas.

¿Hemos hablado de oración? Expliquémonos aún más sobre esta palabra. La oración es la forma, de expresión más potente de comunión Universal. No es, a nuestra vista, lo que tantas personas suponen, una recitación trivial, un ejercicio monótono y a menudo repetido. ¡No! Por medio de la verdadera oración, la oración improvisada, la que no consiente fórmulas, el alma se lana hacia las regiones superiores; adquiere fuerza, luces, encuentra allí un sostén que no puede conocer ni comprender los que desconocen a Dios y a la comunión con El. Obrar es volverse hacia el Ser eterno; es exponerle nuestros pensamientos y nuestras acciones para someterlas a su ley y hacer de su voluntad la regla de nuestra vida; es procurarse por ello la paz del corazón, la satisfacción de la conciencia; en una palabra, procurarse aquel bien interior, que es el mayor, el más imperecedero de todos los bienes.

Diremos, pues, que desconocer, descuidar l creencia en Dios y la comunión de pensamiento que con ella se relaciona, la comunión con el alma del Universo, con este foco donde irradian para la siempre inteligencia y el amor, sería, al mismo tiempo, desconocer lo más elevado que existe y diseñar las potencias interiores que constituyen nuestra verdadera riqueza. Sería pisar nuestra verdadera dicha, todo lo que puede lograr nuestra elevación, nuestra gloria, nuestra felicidad.

El hombre que desconoce a Dios y no quiere saber qué fuerzas, qué medios, qué auxilios vienen de El, de la comunicación con El, este hombre puede compararse a un indigente que habita junto a palacios llenos de tesoros y que va a morirse de hambre delante de la puerta que esta abierta y por lo cual todo le invita a entrar.

A veces se oye a ciertos profanos decir: “ ¡Yo no necesito a Dios! ” . Palabra triste y deplorable, palabra orgullosa de los que sin Dios no serian nada, no hubieran jamás existido. ¡Oh, ceguedad del espíritu humano, cien veces peor que la del cuerpo! ¿Habéis oido nunca decir a la flor: “yo no necesito del sol”? ¿Habéis oído decir nunca al niño: “no necesito padre”? ¿Al ciego: “no necesito la luz” ?

Pues, ya lo sabemos. Dios no es solamente la Luz de las almas; es también el amor. Y el amor triunfa de todas las potencias brutales. Acordemonos de que si la idea cristiana venció al mundo antiguo, triunfo de la potencia romana, de la fuerza de los ejércitos, del dominio de los Cesares, fue por el amor, venció por estas palabras: ¡Felices los que tienen la dulzura, pues ellos poseerán la Tierra!
Y en efecto, no hay hombre, por duro, por cruel que sea, que no está desarmado contra vosotros, si está convencido de que queréis su bien, su dicha, y lo queréis de una manera real y desinteresada.

El amor es todopoderoso; es el calor que hace derretir el hielo del escepticismo, del odio, del furor; el calor que vivifica las almas adormecidas, pero prontas a abrirse y dilatarse bajo el rayo del amor; notadlo, las fuerzas sutiles sutiles e invisibles son las reinas del mundo, las dueñas de la naturaleza.

Si comprendiésemos qué alturas, qué grandes y nobles tareas nuestro espíritu puede alcanzar por una comprensión profunda de la obra divina, por una penetración del pensamiento de Dios en nosotros, quedaríamos transportados de admiración.

Hay hombres que creen que continuando nuestra ascensión espiritual, acabaremos por perder la existencia, por anonadarnos en el Ser Supremo. Grave error éste; muy al contrario, como la razón lo indica y como lo confirman todos los grandes espíritus, más nos desarrollamos en inteligencia y en moralidad, más se afirma nuestra personalidad. El ser puede extenderse y radiar; puede crecer en perfección, y en sensación, en sabiduría, en amor, sin dejar por eso de se él mismo. ¿No lo vemos en los espíritus elevados que son personalidades poderosas? Y nosotros mismos, ¿no sentimos que cuanto más amamos, nos volvemos más susceptibles de amar, que cuanto más comprendemos, más capaces nos sentimos de sentir y comprender?

Estar unido a Dios es sentir, es realizar el pensamiento de Dios. Pero ese poder de sentir, esa posibilidad de acción del espíritu no destruye a éste. No pueden sino engrandecerle. Pero cuando ha llegado a ciertos grados de ascensión, el alma vuélvese a su vez una de las potencias, una de las fuerzas del Universo; truecase en uno de los agentes de Dios en la obra eterna, pues su colaboración se extiende sin cesar. Su papel consiste en transmitir las voluntades divinas a los seres que están debajo de ellas; de atraer a su luz, a su amor todo lo que se agita, lucha y sufre en los muchos infiernos. No se contenta con una acción oculta. A veces encarna, toma un cuerpo y llega a ser uno de aquellos misioneros que pasan como meteoros por la noche de los siglos.

A nosotros, hombres encerrados en la carne, nos es difícil formar idea del papel del espíritu que lleve en sí todas las potencias, todas las fuerzas del Universo, todas las bellezas y esplendores de la vida celeste, y los hace radiar sobre el mundo. Pero lo que podemos y debemos comprender es que esos espíritus poderosos, esos misioneros, esos agentes de Dios han sido, como nosotros, hombres de carne, llenos de debilidades y miseria; si han llegado a esas alturas, es por sus investigaciones y estudios, por la aplicación en todos sus actos de la Ley divina. Ahora bien, todo lo que ellos hicieron podemos hacerlo nosotros; todos tenemos en nosotros mismos los gérmenes de una potencia y de una grandeza iguales a su potencia y a su grandeza. Todos tenemos los mismos destinos espléndidos, el mismo porvenir grandioso, sólo depende de nosotros el realizarlo a través de nuestras existencias innumerables. Gracias a los estudios psíquicos, a los fenómenos telepáticos, estamos al menos en situación de comprender, que nuestras facultades no se limitan a nuestros sentidos. Nuestro espíritu puede radiar de nuestro cuerpo: puede recibir las influencias de los mundos superiores, las impresiones del pensamiento divino. El llamamiento del pensamiento humano es oido por el pensamiento divino; el alma rompiendo las fatalidades de la carne, pueden lanzarse hacia ese mundo espiritual, que es su herencia, su futuro divino. Por eso es preciso que cada uno llegue a ser su propio médium y aprenda a comunicar con el mundo superior del espíritu.

Este poder ha sido hasta aquí el privilegio de algunos iniciados. Hoy es necesario que todos lo adquieran y que todo hombre llegue a comprender las manifestaciones del pensamiento superior, a lo cual puede llegar por medio de una vía pura y sin mancha y por una preparación gradual de sus facultades.

De la obra “El gran Enigma”, de LEON DENIS

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