Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

LA TOLERANCIA

La tolerancia es preconizada por y todas las escuelas filosóficas, pero raramente es llevad a la práctica por los mismos que la encomian y aconsejan.

Sabiendo, como sabemos, que cada ser da en un momento determinado el fruto adecuado a su estado moral e intelectual (no pudiendo dar otro sino ése) y no siendo dicho estado el mismo para todos, ¿cómo
exigir que veamos las cosas del mismo modo? ¿Quién puede jactarse de tener más razón que los otros, siendo así que esa sola presunción, señal de orgullo, bastaría para probar el atraso del que así pensara?

En el terreno del pensamiento, la tolerancia debe ser virtud dominante; es prueba de humildad en quien la tiene y del equilibrio en la doctrina que la practica y sustenta; aconséjanla la bondad, la justicia, la sana razón y la solidaridad fraternal.

La tolerancia mutua nos hará descubrir, cada día más, puntos de afinidad entre las teorías espiritualistas y llegar así a una creencia armónica que satisfaga a los más, sintetizando en una comunión de amor las aspiraciones de todos.

Merced a ella surgirá una creencia más universal, más pura, más perfecta y, por lo tanto, más elevada, que nos llevará hacia la humanidad Una.

Y cuando luzca de igual modo para todos la Verdad eterna, reinará la solidaridad en los corazones y brillará esplendorosa la Armonía Divina.

No por lejana que nos parezca la realización de estas ansiadas perspectivas y largo el camino que a ellas nos lleve, hemos de renunciar a unir nuestros esfuerzos a los de aquéllos que trabajan en la obra inmensa de la fraternidad humana.

Anhelamos la luz, la posesión de la Verdad. Pero, ¿qué importa que nos venga por un camino o por otro, con tal que nos llegue?

¿No tiene cada cual su especial modo de ser, su individualidad propia y, por consíguiente, su manera de pensar, necesaria y lógica, derivada de su estado peculiar en moralidad e inteligencia? ¿No razona forzosamente en concordancia con dicho estado? Si no podemos igualarnos a espíritus que nos son superiores ¿por qué exigimos a nuestros inferiores que nos igualen? ¿No hay diversidad de criterio (oculto o manifestado) aun entre los que comulgan en un mismo credo? Dejemos pues a cada uno la libertad de pensar, juzgar y escoger los principios y creencias que más cuadren a su conciencia, que ésta es la justa medida del deber individual. No pidamos a nuestros Hermanos más de lo que Dios mismo nos pide. Recordemos al Salvador y preguntémonos si somos tan puros que poda mos tirar la piedra. Las convicciones basadas en la buena fe, no deben ser atropelladas jamás. Sometido a la ley del progreso, todo vive, cambia y se perfecciona con el tiempo y por la fuerza de las cosas; y por diversas que nos parezcan las diferentes creencia, hay entre ellas muchos puntos de contacto que irán haciéndose cada vez más visibles, facilitándose así su aproximación y su unión gradual, precursora de la fusión definitiva. Del mismo modo que cada rayo de sol nos trae una parcela de luz, así cada filosofía, cada religión, nos brinda lo que contiene de la absoluta Verdad. La tolerancia recíproca es el camino seguro para llegar a la síntesis de todas las creencias que tienen por base común y esencial la afirmación de la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Todas las convicciones sinceras que tomen ese fundamento son hermanas, puesto que emanan de la misma fuente y atienden al mismo fin. La diferencia de los medios empleados para lograr éste, no altera en nada su mérito respectivo.
Siendo, como somos, solidarios, debemos evolucionar hacia la armonía universal coronada por el amor, y sólo la aceptación de un gran pensamiento unitario, de una filosofía irrefutablemente demostrada podrá unirnos y orientarnos hacia Dios, Unidad Suprema. Busquémosle por uno u otro camino; seguros estamos de encontrarle, porque El tiene abiertos siempre sus brazos para estrechar en ellos a todas sus criaturas.

Esta es la tolerancia, la que comprende la necesidad que tiene cada hombre de aprender tal o cual lección en un momento dado, porque sabiéndose, será mejor que lo que es actualmente.

Hay que tener por guía ese pensamiento divino, esa tolerancia, que no pide al hombre más que lo que pide Dios mismo, es decir, una gradual y lenta evolución.

En eso consiste la tolerancia; en aceptar lo que una criatura humana puede dar, sin exigir más de ella. No pidáis, por ejemplo, a una mujer frívola, la sabiduría que sólo es propia de una gran alma; ella también tiene experiencias por qué pasar, y no lo hará más pronto ni mejor, si los más adelantados en la evolución la menosprecian. No pidáis a nadie sino lo que pueda dar en su punto actual de desarrollo. Sed tan indulgentes con los otros como severos para con vosotros mismos. Exigid de vosotros todo cuanto podéis hacer; a los otros solamente lo que puedan. Pedidles buena voluntad. Eso es lo que entendemos por “tolerancia”.

LUCÍA DE CALDERON

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