RECORDANDO EL PASADO

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ADELANTE SIEMPRE ADELANTE

No hay lucha, no hay batalla, no hay combate que pueda compararse a los que sostiene el alma humana contra sí misma, cuando se apercibe de los mil defectos que la manchan.

Bajo la máscara de aparente tranquilidad exterior, el interior es un volcán en el que la razón que acaba de despertar a la ley moral lucha sin tregua contra las pasiones odiosas y hediondas que hasta entonces han formado el fondo del carácter.

La voluntad que trata de imponerse a la voluntad por las inmoralidades y flaquezas pasionales, lucha contra sí misma, sin parar, sin descanso. A cada momento de la Vida se presenta en el palenque el enemigo mortal del alma. Ese enemigo es ella misma, es decir, sus propias miserias, sus imperfecciones, los hábitos y costumbres viciosas adquiridas durante los siglos pasados con la repetición de actos contrarios al Amor y al Bien.

Batalla con denuedo contra esos enemigos que, a veces, forman legiones. Ahora es orgullo; luego la soberbia; después la lujuria, la ira, el egoísmo, pretendiendo dominar el alma.

El afán del ser que ya ha echado una mirada al interior de su propio corazón y ha descubierto en él tanta maldad, consiste en extirparla, en desechar de sí el orgullo bajo todas sus formas; acogerse al amor puro y grandioso que ha de regenerarle y revivirle.

Pero, allí está la costumbre adquirida que arrastra al vicio y a los desplantes de absolutismo del alma. Y a pesar suyo, sangrando su corazón, se ve arrastrado al abismo, es decir, a seguir la pendiente en la que se encuentra, por más fuerte que el presente; el pasado vicioso es maduro, mientras que el presente virtuoso no es más que un niño. La vida nos ofrece una imagen de lo que ocurre con ese niño. Hay que cuidarlo mucho y a pasar años y más años con él para que se transforme en hombre. Pues lo mismo pasa con éste.

Es más potente el vicio en el alma que despierta a la luz moral que la virtud; y en la lucha entablada entre los dos, no es extraño que bastantes veces sea vencida la segunda. Pero esa lucha es necesaria y altamente beneficiosa, aun cuando en ella cada combate aumenta las fuerzas del alma; de cada refriega titánica consigo misma sale más desarrollada la voluntad, esa facultad que es el todo del hombre, su personalidad, su constante realización, sin cuyo desarrollo le es imposible a la virtud alcanzar la anhelada victoria.

Al presenciar en sí misma la derrota de los principios buenos que quiere implantar en su ser, el alma sufre terriblemente y el desmayo y el desaliento intentan apoderarse de ella.

Hay que resurgir en contra de esa propensión; no debemos desmayar ni desalentarnos cuando, después del rudo combate, han resultado vencedores en nosotros el vicio, el amor propio, etc. Al contrario; debemos volver. Nuestro escudo debe ser el valor y sobre todo, la fe en nuestro destino que es el Bien final para todos; es decir, la fe en la Ley, en Dios que nos ayuda a luchar, y a adelantar en el camino de nuestro progreso. No hay que acobardarnos cuando nos convencemos en el terreno de la práctica, de que cuesta mucho más de lo que nos creíamos arrancar de nuestro Yo un sencillo defecto. Tengamos ánimo y adelante, adelante, siempre adelante.

Ahora bien, no porque se convenza el alma de que es costosísimo el dar ese paso adelante, debe abandonarse en su propia labor. De ningún modo. Si lo hiciera así adquiriría una gran responsabilidad y se vería detenida para largo tiempo en su ascensión progresiva.

Es preciso seguir luchando contra nosotros mismos, en todos los instantes de nuestra vida para transformarnos moralmente. Considerando, sobre todo, que tenemos la obligación ineludible de sembrar el amor en todos los corazones que nos rodean y que nuestro orgullo, nuestro egoísmo, nuestros vicios y defectos hacen sufrir muchísimo a esos seres, a esos mismos corazones.

Esta idea que es exacta nos hará luchar sin reposo para conquistar cada día un átomo más de humanidad, de ternura, de pureza, de amor divino, para ofrecer ese fruto de nosotros a Dios y a nuestros semejantes.

Tengamos ánimo, valor y fe en el Padre y sigamos adelante a pesar de las múltiples derrotas que suframos; y lo que nos parece imposible se realizará en nosotros con relativa facilidad.

Artículo extraído de la revista “La luz del Porvenir”, nº 43, editada en Villena el 1 de Octubre de 1908.

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