RECORDANDO EL PASADO

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DEUDAS DE AYER

Siempre que leo algún accidente desgraciado, en el cual parece que eso que llaman casualidad juega un papel importantísimo, me digo a mí misma con íntima convicción: éste es un saldo de cuentas atrasadas, no me cabe duda. Ese acto supremo que llamamos muerte, esa cesación aparente de la vida, ese cambio tan brusco y a veces tan inesperado, no se efectúa sin obedecer a una causa poderosísima, y así pensé cuando leí el suelto que copio a continuación.

UN NIÑO QUE MATA A SU MADRE

“En una casa en las cercanías de Londres, se ha desarrollado uno de esos trágicos accidentes que causan profunda emoción por haber sido originados en un minuto fatal.

Habitaba en la casa una viuda bastante rica, Mrs. Blake, con su hijo, un niño de seis años de edad, de inteligencia muy viva y despierta.

Uno de esos días la señora disponíase a salir para realizar algunas compras, y se hallaba en su tocador arreglandose.

El niño había entrado en la habitación, y a pesar de la advertencia de su madre para que no tocase ninguno ninguno de los frascos y objetos que había sobre la mesa, se empeñó en acercarse al tocador.

Como todos los niños mimados, no quiso hacer caso de la prohibición, y en uno de los descuidos de su madre se puso a registrar los cajones.

Sus manos tropezaron con un objeto extraño; era un revólver de grueso calibre, que la viuda guardaba cargado.

El niño se apodero del arma en el preciso instante que su madre, aún encorsetada y sin haber tenido tiempo para vestirse, corría a arrebatársela.

La criatura hizo un brusco movimiento, y se disparo el revólver, con tan fatal acierto que el proyectil penetró por el pecho de la madre infortunada.

Mrs. Blake lanzo un grito de espanto y cayó exclamando:

! Hijo mío, me has matado ¡ ! Que horror ¡ ! Dios te perdone ¡

La criada acudió a auxiliar a su señora, pero fue inútil todo cuanto hizo para devolverle la vida.

El niño comprendió lo que había hecho, y poseído de terror se abrazo al cadáver de la madre, de donde costo gran trabajo separarle.”

¿Qué lazo unió ayer a esos dos espíritus?—pregunté con verdadera angustia— !recibir la muerte por mano de un ser tan querido, como debe ser un hijo…¡ ! Dios mío ¡ !Dios mío ¡ ¿Qué deuda habrá pagado? ¿Qué plazo se habrá cumplido? ¿Qué historia ha llegado a su último capitulo? ! Qué epílogo tan horroroso ¡ ¿Se puede estudiar en él?

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“Sí (me dice un espíritu); en todos los acontecimientos trágicos hay materia suficiente para escribir una historia interesantísima y en esta que te preocupa, hay asunto sobrado para que unos estudien y otros aprendan, por mas que unos de vuestros adagios dice que nadie escarmienta en cabeza ajena, escucha y medita.

Ayer, el niño travieso de hoy era una hermosa joven de clase media, buena y honrada, digna y modesta; y su madre de hoy, era un hombre arrogante, pertenecía a una familia opulenta de la mas antigua nobleza, reunía todos los atractivos para seducir a las mujeres y Olimpia, la joven recatada que vivía vigilada por el amor inmenso de su madre, que era el orgullo de su padre y la alegría de sus numerosos hermanos, supo burlar la vigilancia de todos ellos, y cayó en los brazos del seductor Fernando, el cual acostumbrado a triunfar en todas sus empresas amorosas y por lo tanto hastiado de encontrar mujeres apasionadas, satisfecho el deseo del momento, puso tierra por medio antes que el padre de Olimpia y sus hermanos le pidieran cuenta de su inicuo proceder.

Olimpia, entre tanto, esperó en vano la vuelta de Fernando, perdiendo toda esperanza cuando recibió una carta del ídolo de su corazón aconsejándole que si sus delirios amorosos habían dejado huella, procurara borrarlas puesto que él no podía darle su nombre por cuestiones de familia. Olimpia efectivamente llevaba en si la prueba de su deshonra, y aterrada ante la desesperación de su madre, ante el enojo de su padre y la cólera de sus hermanos cuando se enteraran de su extravío, buscó en el mar el término a tantas tribulaciones, tan herida su dignidad de mujer honrada, tan pesarosa de causar tantos dolores a su familia, que antes de entregarse a las embravecidas olas, dijo así:
“Si hay otra vida, si existe después de destrozar este cuerpo, yo juro vengarme del miserable que me ha hundido en el abismo del deshonor. Y cuando Olimpia en el espacio se dio cuenta que existía, repitió su juramento y volvió a la tierra, eligiendo como madre a su verdugo de ayer. El seductor Fernando volvió a encarnar con la envoltura de mujer y Olimpia le pidió hospitalidad, que su verdugo de ayer le concedió estrechando sus brazos a uno de sus más terribles enemigos de ayer.

El desenlace ya lo has visto, la travesura del niño inocente y la inadvertencia, la torpeza de la madre dejando un arma cargada al alcance de la imprudencia de un niño, todo se combinó para la ejecución de una sentencia que ya te he dicho muchas veces que los verdugos, que los ejecutores de la justicia, son innecesarios para recibir el castigo merecido al criminal de ayer. La pobre mujer ha muerto como debía a manos de una de sus numerosas víctimas y el niño despierto llora amargamente la muerte de su madre, pero durante el sueño esta satisfecho de su venganza, amó tanto a su seductor que no lo pudo perdonar, murió tan desesperado el espíritu ante su deshonra y el dolor que ocasionaba a su familia, que aun hoy cree que perder una vida es poco para expiar todo el daño y la desesperación que causó el afortunado burlador de tanta joven seducida. Estás en lo cierto cuando dices que ante esas muertes imprevistas, ante esas tragedias que se desarrollan en menos de un segundo, hay toda una historia de deshonra y llanto.

No todos los espíritus saben perdonar, no todos se hacen superiores a las desgracias y a las calamidades; si todos supieran perdonar las ofensas, los mundos de expiación no serían necesarios en el Universo. Adiós.”

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Dice muy bien el espíritu, el perdón de los agravios es el Jordán bendito en cuyas aguas desaparecen todas las manchas del pecado; pero !ay¡ el perdón es hasta ahora un río seco y aunque a sus orillas se acercan muchos pescadores, no pueden conseguir lo que momentáneamente desean. ¡No hay agua! ¡No hay amor! Y siguen luchando las pasiones y las víctimas y los verdugos siguen su batalla aumentando sus desaciertos y sus atropellos. ¡Ay de los vengadores! La venganza es la madre de todos los crímenes.

AMALIA DOMINGO SOLER

Extraído de “La luz del Porvenir”. Editada en Villena, el 15 de Octubre de 1908, año II, nº 44
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