Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

RECTIFICACIÓN Y ARREPENTIMIENTO

El verdadero arrepentimiento es mucho más que el simple hecho de reconocer que nos hemos equivocado. Significa comprender cuáles son los motivos de nuestro error, conocer el alcance real de éste y seguidamente poner todo nuestro empeño en solucionar en la medida de lo posible ese fallo. Aunque para llegar a ello, es preciso en primer lugar admitir que todos sin excepción cometemos errores; por
consiguiente, nunca hemos de creer que son los demás los que siempre se equivocan y que nosotros, por supervalorarnos en exceso jamas erramos. Caso contrario, cerraríamos el paso al reconocimiento interno de cualquier tipo de incorrección en nuestro comportamiento, circunstancia que de cara al mejoramiento de nuestra personalidad y carácter se ha de superar.
Debemos pensar que si no estamos en disposición de admitir y comprender nuestras faltas, nunca podremos rectificarlas. Situación que aunque fácilmente entendemos, rara vez la trasladamos a la práctica y continuamos creyendo que no tenemos defectos y que son otras las causas las que han producido un determinado hecho incorrecto.

En este sentido, hemos de observar que cuando no nos encontramos satisfechos de algo en concreto, es porque no se ha puesto por nuestra parte el esfuerzo necesario para que todo aconteciera lo mejor posible; así podremos valorar que si esto ocurre, es debido a que el error está en la mayoría de los casos en nosotros, en nuestro interior. En ocasiones resulta difícil poder llegar a esta conclusión, por pensar que si los demás no se hubieran comportado de esa forma, nosotros no les hubiéramos pagado con la misma moneda. Tal como Jesús manifestaba: “No hay que ver la paja en el ojo ajeno, antes hemos de observar la viga en el nuestro”. Así evitaremos engañarnos a nosotros mismos con falsas justificaciones, procurando enmendar todo aquello que entre dentro de nuestras responsabilidades.

El reconocimiento de las propias faltas es fundamental, y hay que saber encauzarlo debidamente. No consiste de ningún modo en lamentarnos continuamente de ello. No se trata de pedir perdón sin más, de pretender que nuestro error quede en el olvido y que jamás se nos pidan cuentas de él. Tampoco consiste en “hacernos la víctimas” de lo sucedido y creer que ya no hay remedio ni solución. Podemos pensar que el arrepentimiento es asumir constantemente las culpas de ello, para así aminorar un poco las consecuencias del error, pero de esta forma lo único que conseguimos es crear un circulo vicioso en nuestra mente, que nos impide ver las cosas con claridad; así nunca saldremos del error y cargaremos nuestra existencia de malestar y derrotismo.

Hemos de ser consecuentes con nosotros mismos y admitir que éramos plenamente conscientes del alcance de nuestra actuación, y que sin embargo en aquel momento nos fue más cómodo dejarnos llevar por las propias debilidades, ignorando nuestros deberes y esa voz de la conciencia que nos advertía ante el error. Esta situación nos debe ayudar a comprender que hemos de caminar por el sendero recto, pues aquellos que escuchan a su conciencia espiritual, no a la humana, la cual nos lleva hacía actitudes egoístas, saben lo que han de hacer en cada momento y a pesar que surjan tentaciones, se dejan aconsejar por el buen actuar que su conciencia les dicta, evitando lamentaciones tardías, que no sirven de nada. Es preferible obrar en el momento preciso para así no perder el tiempo con vanas disculpas ni con errores innecesarios.

A pesar de saber lo anterior, la realidad es que seguimos equivocándonos y no hemos de decaer por ello, al contrario, hemos de sacar fuerzas de flaqueza y aunque sea un duro golpe en nuestro amor propio, reconocerlo y trabajar para que en lo sucesivo no tropecemos en la misma piedra. Los errores son positivos, nos enseñan dónde no debemos volver a caer. Hay que sacar esa experiencia de los mismos. Todos fallamos, pero unos no se preocupan por ello y otros luchan para poco a poco superarlo; he aquí donde estriba la parte beneficiosa del error, y es que a través de él ponemos en marcha esas cualidades internas para enmendarnos, y así empiezan a aflorar buenas actitudes que eliminan malos hábitos de comportamiento. Si no cometiéramos errores, nos conformaríamos con lo que somos y tenemos, y nunca progresaríamos en los diferentes campos ya que se carecería de ganas para superarse constantemente.

Para superar cualquier incorrección es preciso primeramente localizarla en nuestro actuar, circunstancia, como hemos visto, difícil; pues a menudo solemos excusarnos con pretextos para evitar reconocerlo. Aunque si en nosotros existe el deseo verdadero de ayudar y ir entregandonos a buenas obras, nos iremos percatando que hay motivaciones, tanto exteriores como interiores, que intentan apartarnos, y por tanto, si queremos seguir caminando hay que eliminarlas.

Este reconocimiento interno de esas imperfecciones del carácter, va parejo al arrepentimiento de las mismas, lógica consecuencia de aquella persona que se exige a sí misma un comportamiento justo y enmarcado en el bien, para quien toda actitud que le aparte de sus metas, ha de ser corregida con voluntad decidida. Este es el verdadero arrepentimiento y no aquél que lo tomamos como una humillación o un castigo que se ha de imponer uno mismo.

Debemos aprender que la justicia divina siempre da a todos los seres humanos nuevas oportunidades para enmendarse y rectificar sus faltas a través de la siembra del Amor, con voluntad y esfuerzo. Y que a pesar de no querer cambiar de actitud, se nos presentarán circunstancias que aunque en un primer momento nos causan dolor, poco a poco nos ayudarán a valorar cuál es la senda que se ha de seguir.

Se precisa a tal fin un poco de humildad, ayudémonos de la conciencia la cual junto al conocimiento espiritual y moral que nos ejemplificó Jesús, nos marcará las pautas de comportamiento que hay que seguir. Sólo así alcanzaremos la paz interior tan anhelada, viva muestra de aquel que cumple con sus responsabilidades y deberes para con los demás y para consigo mismo.

Si algo nos impulsa, nos inquieta en nuestro interior, es porque la voz de la conciencia nos avisa de algo que no funciona. Sepamos canalizar esa inquietud interna y cambiar de proceder, si así fuera necesario. Cuando caminemos por esa senda que desde siempre grandes maestros espirituales nos han señalado, observaremos que todo va bien y vamos conquistando mayores logros morales al ofrecernos con total desinterés a todos nuestros semejantes sin distinción.

F.M.B.
Si padeces un error, ten la nobleza de confesarlo y rectificarlo. Fuera insensato que siguiese uno andando al notar que se ha equivocado de camino.

ARTURO CUYAS

Publicado: Amor paz y caridad. Nº 34 – Mayo – 1985

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