Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

CONTESTACIÓN

Oímos decir a menudo a nuestro alrededor: puesto que el espíritu ha tenido tantas encarnaciones, y que cada una es un eslabón de la cadena de su progreso y consecuencia ineludible de sus existencias anteriores y puesto que en cada plano de vida, viene el alma a pagar, a purgar, a expiar su pasado, ¿no sería mejor conservar el recuerdo de ese pasado?

Hemos de afirmar a los que esto alegan que el olvido de las anteriores existencias es la mayor prueba de la sabiduría y del amor de nuestro Creador. Y, como no basta afirmar, vamos a tratar de demostrárselo así, dentro de la pequeñez de nuestros medios. ¿Cuál es el destino final de la Creación y por consecuencia, el de las almas que forman parte de ella? La armonización de todos los seres en una inmensa familia, la entronización por la armonía de las inteligencias y de los corazones, del Amor Universal, presidiendo al bien alcanzado por todos y gracias a los esfuerzos de todos.

Si suponemos otro fin a la Creación que el bien y la felicidad de todos, sería negar a Dios, puesto que El es Bien Sumo y que sólo el bien puede producir.

Mirándose el hombre en su interior, tiene que reconocer que está tan lejos de aquel fin como distante se halla de su principio. La eternidad de su vida pasada, la ve demostrada por su estado actual de progreso, comparando con el de las razas inferiores de la Tierra; la eternidad futura comprende su razón, la ve clara, cierta, en el bien infinito al que tiende de continuo, sin cansarse jamás, convencido que en el Universo, solo existen manifestaciones de vida y no de muerte.

Examinando su propio corazón, comprende que se halla a cierto nivel de civilización; pero, que este estado de progreso es aún muy deficiente, muy expuesto al orgullo, muy impregnado de egoísmo. Las leyes que rigen nuestras modernas sociedades lo demuestran así; aún mantienen en ellas todas las injusticias, la diferencia de clases, la humillación del que trabaja y produce para todos, y en fin, como consecuencia lógica, el desamor.

Hay muchas asperezas que limar entre los habitantes de nuestro pobre mundo para que reine en él, el único soberano posible, o sea, el AMOR. ¡Cuantas manifestaciones de odio, de aversión vemos realizarse a cada momento entre los hombres! Aún estamos entregados a la maledicencia, a la calumnia; a esos monstruos horribles que tanto mal producen , que mantienen la división, el rencor y por lo tanto, el alejamiento de los corazones que debían fundirse en uno solo.

¿Es que no llegará este pobrecito mundo terrestre a ver desaparecer de su seno tanta miseria y tanta maldad? Sí, llegará. Afirmar lo contrario, sería negar a Dios . La obra de la pacificación y de amor se realiza en silencio; pero avanza. ¿Como? ¡Ah! Fijémonos algo y lo comprenderemos .

La reencarnación es el medio de que se sirve Dios para llegar a ese fin grandioso. Las almas que han escrito entre ellas en su tenebroso pasado, historias de odios y lágrimas, vuelven a la vida material unidas por los lazos más estrechos. Vienen a ser esposos, padres e hijos, hermanos. En la Tierra, habitan en el mismo hogar. El amor de la carne es el encargado de comenzar en ellas la obra sublime de la armonización y del amor imperecedero del espíritu. Esas existencias en común, sufriendo los mismos dolores, participando de las mismas alegrías: de esposos, velando juntos sobre sus hijos; de padres, sacrificándose por sus pequeños que son los enemigos de ayer, acaban por consumir en los corazones la llama del odio en beneficio del amor que deben profesarse.

Al volver al espíritu esos espíritus, se reconocen, ante el amor creado por la existencia material que acaban de dejar en la que se han sacrificado los sacrificadores de ayer, en la que los verdugos del pasado, vinieron a ser las víctimas, en la que con actos de abnegación y de amorosos cuidados han venido a pagarse los descuidos y los desafectos anteriores, el rencor huye, el odio desaparece de aquellas almas que se unen en estrecho y amoroso abrazo ante la mirada paternal de Dios.

Supongamos ahora por un instante que a todos estos seres que vienen a buscar en sus encarnaciones, la desaparición de sus sentimientos de malevolencia y de desamor, que se les haya concedido el recuerdo de sus existencias anteriores . Al conservar ellos ese recuerdo, con él iría unido también naturalmente el de las personalidades que, en otro tiempo, fueron enemistadas con ellos, el de sus perseguidores de ayer. En una palabra; en un hogar humano, el esposo recordaría que la esposa fue en otro tiempo su mortal enemigo, los hijos verían en su padre al que en otra existencia les persiguió, el hermano, al sentir aversión por uno de sus hermanos, vería justificada también esa aversión por los recuerdos del pasado.

En vez de borrarse las disensiones y las divisiones, los odios se perpetuarían, porque en presencia del enemigo de ayer, nadie se sentiría con bastante fuerza para perdonarle y amarle.

Es más, ¿dónde se halla la familia que sería bastante abnegada para recibir en su seno, sabiéndolo, conociéndolos, al criminal y a la meretriz de pasadas existencias?

Dios , en su infinita sabiduría lo ha previsto todo; y, como lo que quiere, es que el alma progrese y no le niega ninguno de los medios para alcanzar ese fin; como medida suprema de previsión y de Amor, cuando el espíritu baja a la Tierra a encarnar, cubre su pasado con tupido velo , cuyo velo sólo se rasga cuando vuelve el alma espacio.

Así es más libre, más apto para progresar, mejor dispuesto a recibir las influencias benévolas de sus padres, que, desconociendo su ayer, sólo ven en él al inocente niño confiado a sus cuidados.

El pasado es sombrío para la mayoría de los mortales. En él, todos o casi todos,hemos sembrado lágrimas odios, rencores, duelos. Fijémonos con atención que, en
una misma existencia, lo que más nos duele es recordar nuestros extravíos. ¿Qué sería del alma que viene aquí a buscar su progreso, si entrase en la Tierra señalada en la frente con el horrible fardo de sus pasadas iniquidades?

No, no, no cesaremos de repetirlo. Dios es el amor mismo. No quiere la muerte del pecador, sino su vida, y por esto, le da a su entrada en este correccional del espacio en el que habitamos, la apariencia de la inocencia, para que le estrechen muy fuerte los brazos de sus padres, y sea recibido con amor el penado que viene aquí abajo a purgar sus delitos anteriores y a elevar su corazón a la altura de, las leyes morales que necesita conocer y practicar para purificarse y progresar.

El olvido de las existencias anteriores, ya lo vemos claramente, es una verdadera prueba del amor de Dios, para el pobre humano que ya encuentra pesada la carga de sus yerros presentes y no podría conllevarla junto con la de su pasado.

Estudiemos, meditemos sobre todos estos grandes problemas y bendigamos a Dios que en su amorosa solicitud lo ha hecho todo por lo mejor para el bien de sus criaturas.

U.F

Extraído de “La Luz del Porvenir”, nº 30, publicado en Villena el 15 de marzo de 1908.
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