Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

LA OBRA MAESTRA DEL CREADOR

No hace falta tener grandes conocimientos de psicología para comprobar las distintas formas con las que puede reaccionar el ser humano ante determinadas circunstancias. Ya que no existe uniformidad de criterios entre las personas, a la hora de manifestar el efecto que nos produce un mismo hecho, o un caso de análogas circunstancias.

Por eso, nunca podemos prever la actitud que adoptará cada uno en el momento de enfrentarse a la realidad de un hecho determinado, ni las consecuencias que se pueden derivar de su manera de ver o interpretar los hechos. Teniendo en cuenta de que, en estos casos, juega también un papel importante la situación o el momento en que se producen, así como el estado de ánimo de la persona en cuestión. Pero, a pesar de que la convivencia lleva consigo ciertos problemas, todos tenemos la necesidad de vivir en sociedad, y de convivir diariamente con otras muchas personas. Por consiguiente, tenemos también el deber de afrontar con sensatez todos los problemas que se deriven de esta convivencia, que además, nos viene impuesta por las leyes de la Naturaleza. Por eso yo creo, que merece la pena continuar analizando el tema, del que podemos sacar varias conclusiones.

En primer lugar, tenemos que convencernos de que, si queremos que las relaciones con nuestros interlocutores sean duraderas y efectivas, tenemos que dotarnos de una gran dosis de compresión, a la vez que hay que estar preparados para cualquier reacción o cambio de actitud de los mismos. Porque, si queremos llevarlo todo a “fuego y sangre”, sería imposible mantener unas relaciones normales con nadie. Incluso ni con los que estamos unidos pro afinidad de ideales, de sentimientos, etc. Todos podemos, en algún momento, encontrarnos bajo los efectos de unas crisis interna que haga cambiar nuestro estado de ánimo, lo que nos puede llevar a comportamientos nada recomendables. Aunque después, cuando pase ese mal momento, entremos en razones y reconozcamos nuestro error.

Pero, además de ser comprensivos con el comportamiento de los demás, tenemos que ser exigentes con nosotros mismos. Vigilando y controlando nuestro comportamiento, de tal forma, que evitemos caer en esa actitud, donde obliguemos a los demás a medir su capacidad de resistencia para tolerar nuestras impertinencias. Este control por nuestra parte, nos asegura un alto porcentaje de efectividad en el desarrollo de nuestras relaciones y un alto nivel de calidad de las mismas, ya que no se malgastan energías en reparar los malos efectos de una actuación incontrolada, ni se pierde tiempo en restablecer las posibles interrupciones de nuestras relaciones.

Pero la convivencia tiene también su parte positiva, ya que a través de la misma, la persona puede desarrollar y poner en práctica todas las virtudes con las que Dios adornó el alma del ser humano. Porque conviene pensar, ¿para qué querríamos la vida, si tuviéramos que vivir solos, sin tener la posibilidad de compartirla con los demás?

La cuestión está clara, si Dios es amor, su ley es la ley del amor, y sólo Dios con su poder, pudo realizar un milagro de crear el amor, para que los corazones se unan y acompasen su latido a un mismo ritmo, y para que las almas se reencuentren y vibren en una misma sintonía.

Por eso yo pienso, que todos estos razonamientos nos llevan a una conclusión. Que si queremos mantener una actitud responsable y conciliadora en nuestra convivencia, no nos queda más alternativa que aceptar y seguir evolucionando en la Ley del Amor, la que, además de que nos viene impuesta por la propia Naturaleza, podríamos considerarla también, como la Obra Maestra del Creador.

JOSÉ GARCÍA

Artículo extraído de la revista “LA HORA DE LA VERDAD” – Mayo 2.000 – nº 140, que mensualmente editan los “JÓVENES PASTOREROS” de Fuente Vaqueros (Granada).

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