Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

INCERTIDUMBRE
Nunca sabe el hombre cuando llega su última hora exceptuando algunos seres que dicen resueltamente: “Me quedan tantos días de vida”; y se cumple su profecía , causando asombro y extrañeza a todos los que rodean al enfermo. Yo nunca me he metido en averiguar si es útil saber o ignorar el momento de nuestra muerte; lo que si puedo decir es que la incertidumbre en que vivimos, no sabiendo a punto fijo la hora de
nuestra desencarnación, ocasiona al espíritu tristezas, desconfianzas, desalientos, amarguras, cansancios y otras innumerables angustias que no tienen nombre, pero que se sienten, que nos hieren a fondo, que nos perturban, que nos desorientan y nos hacen decir: ¿Pero, me voy o no me voy? ¿Qué me atrae con más fuerza, lo de allá o lo de aquí? ¿Podemos decir irónicamente, lo que decía Campoamor: “iPenar tanto, por tan poco!” o hemos de considerar nuestra estancia en la tierra como un beneficio inestimable para nuestro adelanto y progreso infinitos?

“¿ Y tú lo preguntas? (me dice un espíritu). Parece increíble que el sufrimiento físico y la contrariedad moral, perturben tu entendimiento hasta el punto de no reconocer la inmensas ventajas que le reportan al espíritu sus encarnaciones sucesivas , puesto que todas le sirven para su perfeccionamiento, para su libertad, para su engrandecimiento; para borrar las manchas de su desenfreno y comenzar su ascensión gloriosa, su verdadera resurrección. Tu incertidumbre, es la herencia perniciosa de tus pasados vicios; herencia que debes procurar desprenderte de ella, porque te dará muchas noches sin sueño y muchos días sin sol.

¿Crees tú que si no merecieras lo que sufres, estarías en las condiciones en que te hallas ? No; tu vida sería más grata si tú hubieras sido más buena; la soledad en que vive se hubiera trocado en amorosa, compañía y espíritus dulces y complacientes harían más dichosas tus últimas horas. Lo que te digo es amargo, pero te digo la verdad y la verdad siempre la encuentran amarga los descontentos de la tierra; porque la verdad no halaga, no brinda ilusiones, no presenta cielos de color de rosa; muy al contrario, se ve con ella un horizonte plomizo, se ve una llanura inmensa , sin un árbol que brinde apacible sombra, sin que una planta florida perfume el ambiente; sin una fuente de la cual brote liquido manantial que calme la sed del errante peregrino.

¡Sombra en el cielo; aridez en la tierra! ¡Qué triste es todo esto! ¿No es verdad? Pues es más triste todavía vuestro pasado; son más duras las sombras a las que dieron forma vuestros atropellos, vuestros desafueros; olvidásteis el cumplimiento de sagrados deberes; os hicisteis sordos a los clamores de vuestros hijos; abandonasteis vuestro hogar poblado de enfermos y corristeis a la desbandada buscando alegres pasatiempos; cerrasteis los ojos para no ver las llagas y la podredumbre de vuestros deudos; pero no basta no querer mirar, hay que ver lo que mortifica, lo que produce náusea, lo que reclama vuestra compasión, primero; vuestros cuidados después; no se eliminan a vuestro antojo la penalidades; no se rompen las letras que vienen a la vista diciendo: “Papel roto, no atestigua deuda, ¡rompamos! ¡borremos las huellas del ayer!”.

Inútil empeño, vano afán; las letras aparecen de nuevo Y en ellas se lee en grandes caracteres: ¡¡A la vista; no hay plazos, no hay prórrogas!! Aunque la eternidad no tiene fin el tiempo tiene sus leyes inmutables y los espíritus tienen que cumplir con lo que la ley les impone, ley de justa expiación. Podrán perdonarnos, nuestros enemigos todos, sin excepción; podrán ser clementes todos nuestros jueces, pero nuestra conciencia nos dará el ¿quién vive? siempre que sobre los sangrientos despojos de nuestras, víctimas, queramos poner los cimientos del alcázar de nuestra dicha.

En la eterna justicia, no hay componendas; no se compran absoluciones con montañas de oro; no se ahogan los gemidos de los mártires con aplausos pagados; todo sigue su marcha sin la menor interrupción; de grado o por fuerza, los culpables de ayer han de pagar hoy una parte de, sus deudas no hay apelación, y, por consiguiente pierdes el tiempo lastimosamente haciendo vanas preguntas y dando pábulo a la más dolorosa incertidumbre dudando de la eterna justicia de Dios. ¿Que te pesa la cruz?; abrázate a ella y te pesará menos. ¿Que tu casa amenaza ruina?; no alarmes a tus vecinos con tus inútiles lamentaciones; antes al contrario, procura apuntalarla con tus obras meritorias, y no dudes ni por un segundo de la justicia de Dios. No hagas, empero, como los fanáticos creyentes que se cruzan de brazos y esperan que Dios les envíe el maná, que según la Escritura envió Dios a los Hebreos al llegar al valle de Sim y durante cuarenta días se mantuvieron con la gracia de Dios, hasta llegar a posesionarse de la Tierra Santa.

No tomes la letra de los tratados religiosos; atente tan sólo al simbolismo que entrañan , al sentido alegórico que sirve de enseñanza a los que quieren pensar, estudiar y aprender. No hay otro maná para el espíritu que su trabajo, que su energía , que su inquebrantable voluntad; que sus firmes propósitos de enmienda, desandando el camino andado, atendiendo al débil que ayer se despreció, dando pan al hambriento, al que ayer se le negó el pan y la sal de la hospitalidad; consolando al afligido y al enfermo; prestando atención a sus lamentaciones. Este es el medio, este es el modo de avanzar por el camino recto; y pensando siempre en los males ajenos, se llegan a olvidar los propios. ¡Hay tantas lágrimas que enjugar; hay tantos atribulados a quienes prestar consejos, que, a tener tiempo disponible y salud robusta, no descansaríais ni un segundo en vuestro hogar! Olvida, pues, vanas incertidumbres. La perfección resplandece en las obras de Dios; sus leyes son la emanación de su justicia; tenlo siempre presente, no lo olvides jamás. Adiós ” .

¡Gracias, buen espíritu; tu lenguaje es amargo, pero el que no merece encontrar dulzuras, inútil es que las reclame; y yo tengo el íntimo convencimiento de que por esta vez no he de saborear copas de mieles, sino muy al contrario, únicamente la hiel de mi pasado me ofrecerá su amargo sabor; más, bendita sea la verdad que me conducirá a seguro puerto. Las engañosas ilusiones ocultan los abismos de nuestro pasado; las frías realidades nos descubren las piedras del camino! ¡Bendita sea la verdad!

Amalia Domingo Soler

En conmemoración del regreso al plano espiritual de la hermana Amalia Domingo Soler que tuvo lugar el día 29 de abril de 1.909.
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