RECORDANDO EL PASADO

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¡ EL FARO DE LOS SIGLOS !
Desde que los primeros pobladores de la Tierra se refugiaron en las profundidades de los bosques vírgenes y en las lóbregas cavernas escondidas en los senos de las montañas; desde que la raza humana, cumpliendo la divina ley de la reproducción, fue formando numerosas familias y los niños alegraron los bosques con sus gritos y los gérmenes de la vida universal fueron llenando los campos y se formaron los aduares, las tribus y
los hombres comenzaron a disputarse los primeros frutos y a trazar las primeras líneas divisorias de las futuras ciudades, desde aquellos tiempos remotísimos, comenzaron a comunicarse los muertos con los vivos. ¿De qué modo?, ¿de qué manera?, ¡quién sabe! Pero es lo cierto que hubo profetas, adivinos, augures, magos, sibilas, seres superiores a la generalidad de los hombres, cuyos mandatos eran obedecidos fielmente y eran, puede decirse, los guías de aquellas multitudes que sentían ya la imperiosa e imprescindible necesidad de tener quien los guiara en el tormentoso mar de la vida.
Pasaron los siglos, los hombres se fueron posesionando del vasto territorio de este mundo, las ambiciones levantaron su cabeza de águila, la lucha por la existencia se fue haciendo cada vez más empeñada y más cruel, se despertaron todas las innobles pasiones convirtiendo la Tierra en una verdadera casa de fieras donde vencían los más fuertes, los más sanguinarios, los más crueles, y no bastando ya las predicaciones de los profetas y de los oráculos, fueron viniendo sucesivamente los Enviados, los Mesías, los Elegidos, los seres verdaderamente superiores para encauzar los desbordados ríos de todas las concupiscencias, de todos los atropellos, de todas la crueldades imperantes en una sociedad donde aún no sabía apreciarse el valor de las virtudes, de los altruismos, de los sacrificios; era el caos con todos sus horrores. Pero en medio de aquel desorden, en medio de tan encontradas y diversas pasiones, no faltaba algún “inspirado”, algún “iniciado” en el ocultismo del más allá, que reuniese en torno suyo a varios hombres de humilde condición; Íes hablaban de un mundo mejor donde las almas renacían de nuevo y desde su nueva morada protegían a sus deudos para que éstos, a su vez, practicando todas las virtudes, fueran merecedores de llegar a la “tierra de promisión” a gozar lo que no habían gozado en este destierro.
Las guerras ensangrentaron la superficie de la Tierra, las ciudades más florecientes fueron pasto de las llamas; pero en medio de todas las hecatombes siempre resonaron las voces proféticas de los guías de la humanidad.
La sombra de todas las monstruosidades ocultaba los rayos del sol; pero brillaba siempre el “faro de los siglos”; la comunicación de los “muertos” con los “vivos” jamás se vio interrumpida; el Espiritismo ejercía su acción moralizadora en todas las esferas sociales, unas veces envuelto en el mayor misterio, aterrando sus manifestaciones a la masa indocta del pueblo que no podía explicarse lo que ante sí se desarrollaba, y otras veces se juntaban en apretado haz hombres eminentes, y los sabios se esparcían por la Tierra fundando escuelas filosóficas, llenando el mundo con los resplandores de su ciencia, divulgando secretos ante sus numerosos discípulos, los cuales miraban todos a un punto, a la cumbre de una montaña elevadísima donde brillaba un faro alimentado por una substancia divina, un faro cuyos luminosos resplandores nunca palidecieron, porque el “faro de los siglos” tiene un torrero inmortal.
¿Cuándo brilló por vez primera? ¿Cuándo su vivísima claridad dominó las tinieblas terrestres? ¿Cuándo los primeros muertos se comunicaron con los vivos?
¡Nadie puede precisar la fecha! No hay números suficientes para formar la suma de los siglos que han transcurrido desde que la raza humana se enseñoreó y se posesionó de la Tierra; pero sí estamos plenamente convencidos de que cuando el sol brilló en Oriente, “el faro de los siglos” ya compartía con él su soberanía, puesto que los hombres siempre han estado sujetos a la ley de transformación.
Se han ido sucediendo las civilizaciones; lo que ayer era misterioso e inadmisible, hoy se acepta como la manifestación más sencilla y más natural de la eterna vida del espíritu.
Hoy estamos al habla, como dicen los marinos, con nuestra gran familia del espacio; hoy los sabios se confiesan vencidos y dicen, a pesar suyo, que el Espiritismo es una gran verdad.
¿Se puede negar que brilla el sol? No. Pues de la misma manera no puede negarse que los muertos hablan con los vivos.
“El faro de los siglos” brilla en la cumbre más alta de las montañas del infinito. Su luz eterna no morirá jamás, y cuando llegue el momento en que la Tierra, cumpliendo las eternas leyes, quede reducida a un montón de ruinas, sobre sus piedras heladas irradiará aún la luz del faro eterno guardando las cenizas de las humanidades que un día vivieron protegidas por “el faro de los siglos”, faro eterno cuya luz jamás se extinguirá, porque el torrero que se cuida de ella ¡es Dios mismo!
Sí, ¡el Espiritismo es el faro de los siglos! ¡Bendita sea su inextinguible luz! ¡Benditas sean las comunicaciones de los muertos, pues ellas son la VIDA de los vivos!
AMALIA DOMINGO SOLER