Recordando el pasado

RECORDANDO EL PASADO

LA RESIGNACIÓN

     Es virtud consoladora, que fortalece nuestro espíritu y evita la desesperación que produce en el hombre débil el sufrimiento, pues éste es una ley purificadora de nuestro mundo, y todos los seres que lo habitamos nos hallamos sujetos a ella, mientras en nuestra alma permanezca el vicio y las impuras pasiones; tanto es así, que por mucho que el hombre se esfuerce por mejorar su situación social y evitar las torturas del dolor con los elementos materiales que tiene a su disposición, no lo puede conseguir; pues comprobado está que, lo
mismo el rico que posee inmensa cantidad de oro para satisfacer sus placeres y las necesidades del cuerpo, como el pobre, que carece de todo lo indispensable para las atenciones de la vida orgánica, sufre tanto en su cuerpo como en su alma; porque no es en el seno de la abundancia de los bienes terrestres donde se encuentra el alivio a nuestros males, ni la paz ni el bienestar de nuestro ser, sino en el cumplimiento de los deberes que nos impone la ley moral universal, y en la resignación, que nos proporciona el convencimiento de que todo cuanto sufrimos es consecuencia de nuestros errores y de la falta de cumplimiento a los preceptos de dicha redentora ley; pero sólo podemos resignarnos a sufrir, hasta con alegría, cuando llegamos a comprender lo justo y lo necesario que es para nuestro progreso la desdicha que nos hiere, haciendo que despertemos por medio del dolor del pesado sueño de la ignorancia, impulsándonos a marchar por el camino del bien, para encontrar la verdad y conocer la causa de nuestros males y los medios de evitarlos.

     Al aparecer el hombre en la Tierra, se le presentan ante su vista dos caminos: el uno es el que le conduce a la práctica de las buenas obras, para que desarrolle sus sentimientos y adquiera la virtud; y el otro el que le lleva a poner en ejecución los vicios y malas pasiones; si sigue el primero, purifica y eleva su alma hacia la perfección, proporcionándole felicidad; y si, al contrario, sigue el segundo, se labra la desgracia; y el dolor que ésta le produce, es lo que le hace ver claro su equivocación, para que cambie de dirección y entre al verdadero camino de la vida, o sea, el que Jesús nos trazó con sus sublimes enseñanzas.

     ¡Cuántas lágrimas nos hubiéramos evitado si, dóciles y humildes, hubiéramos seguido las huellas del Divino Maestro poniendo en práctica su redentora doctrina! Pero por la ceguedad que nos produce la ignorancia, causa de nuestra apatía en el desarrollo intelectual y moral de nuestro ser, aún permanecemos refractarios al cumplimiento de la misma, y a la vez engañándonos con nuestras falsas apreciaciones sobre lo bueno y lo malo; no obstante habernos demostrado la experiencia diferentes veces que lo que juzgamos un bien nos suele resultar un mal y lo que consideramos un mal nos resulta en ocasiones un bien.

     He aquí por qué debemos elevar nuestros deseos y resignar nuestra voluntad en manos de la Sabiduría Infinita y no desesperarnos jamás, ni esperanzarnos demasiado. Seamos resignados para sufrir y esperemos la paz y el bienestar del alma trabajando en su perfeccionamiento y grandeza; pues el dolor, por muy grande que sea, ni es eterno, ni deja de ser un beneficio para el ser humano. ¡Cuánto vale una sola lágrima, un sufrimiento o un disgusto cuando se lleva con resignación y con conocimiento de lo beneficioso que es para la depuración y progreso de nuestro ser!

     ¿Con qué derecho pretendemos merecer sin méritos? ¿Cómo hemos de poseer tesoros de felicidad sin pagar antes nuestras deudas? ¿Cómo mereceremos, si no oponemos la elevación del alma, a fuerza de nuestras virtudes y de nuestra fe a las contrariedades que entorpecen nuestro progreso? ¿Y cómo pagaremos si no sufrimos lo que necesariamente debemos padecer?

    El sufrimiento es deuda contraída por los seres humanos ante la Justicia Divina, por haber faltado a los preceptos de la ley de amor y, por lo tanto, no debemos quejarnos al pagar, sino al contrario, tener la alegría que siente el hombre honrado cuando satisface a su acreedor la cantidad que le debe. Lloramos las perdidas e ilusorias esperanzas de la Tierra, porque fundamos todas nuestras esperanzas en las sombras fugaces de este mundo; y nuestro único bien estable y verdadero no está aquí, pues hemos venido únicamente a merecerlo por medio de la lucha y el dolor, y no a gozarlo, como la mayoría lo cree. ¡Cuántas veces acusamos a la Providencia porque en su paternal amor nos rehusa aquello que le pedimos que, siendo grato a nuestro ser para la satisfacción de sus pasiones, sería el hundimiento de su verdadera felicidad!

    Tengamos paciencia y resignación y, como ignorantes que somos, pongamos toda nuestra confianza en el Creador, que jamás nos niega cosa alguna que sea provechosa a nuestro bien, ni nos concede nada que nos sea perjudicial. Los que empezamos a conocer algo de nuestro destino y de la ley sapientísima que lo rige, bendigamos a Dios y no nos quejemos jamás, porque la queja en nosotros sería doblemente culpable, puesto que nuestra responsabilidad es tanto mayor cuanto más conocemos.

    Las pruebas y sufrimientos, al purificar el alma, preparan su elevación y su dicha, mientras que los goces del mundo, las riquezas y las pasiones la debilitan, ocasionándole en el otro mundo amarguras y desengaños. El dolor es una bendición de Dios, es el mejor depurativo de las almas; la acción de él hace desprender de nuestro ser todo cuanto en él existe de impuro, haciéndonos comprender a la vez nuestros errores, e impulsándonos a entrar en el camino de nuestra regeneración.

Artículo firmado por ELOY PUJALTE, extraído de “LA LUZ DEL PORVENIR”, editada en Barcelona, número 143, Año XI (2- época), Noviembre de 1.924.
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