Recordando el pasado

PREFACIO (El Tesoro de los Espiritas)

¡Oh, Dios mío, qué agradecido me siento! ¡Que grandes son tus designios! Fue, tal vez, necesario pasar por una gran y prolongada aflicción, antes de recibir la luz del Espiritismo. Si hubiese gozado de buena salud, me hubiera engolfado con las distracciones de este mundo y, distraído y preocupado con las cosas de la Tierra, no habría dado importancia a lo que hoy tanto estimo, tanto me ha servido y tanto me servirá en el futuro. ¡Gracias, Dios mío, Omnipotente Señor mío, Soberano mío! Hoy reconozco tu
grandeza, tu amor, tu presencia, y se que tu providencia abraza a todos, pues siempre das a todos lo mejor y lo mas justo. Yo te amo y te honro, te adoro con toda mi alma, y mi reconocimiento es tan grande que no tiene limites. Veo tu grandeza en todos y en todo, te admiro, te amo y te adoro. Y sobre todo, donde la veo tan sublime, es en la ley de la humildad que estableciste, para que nosotros, los hombres, podamos llegar a amarnos como verdaderos hermanos.
 
Cuando medito el drama del Calvario, y veo sometido a tanto sufrimiento y tanto dolor al Ser que vino a encarnarse en este mundo, exclamo: Si El, que era y es mucho mas que todos los habitantes de la Tierra, no vino a ceñir una corona y a empuñar un cetro, mas a hacerse el mas humilde, el servidor de todos, el que curó los dolores de la humanidad, el que sufrió todas las impertinencias, todos los suplicios, y dio tan gran ejemplo de paciencia, perdón y humildad, es que el Padre, es que tú Señor, no admites categorías, ni grandezas humanas, ni ostentación, mas apenas virtud, amor, pureza, sacrificio y caridad. Así, concluye tu Ley, que exalta al abatido, consuela al afligido, y el mas humilde es para ti el mayor, si es virtuoso y bueno.
 
Busco, entonces, la ley proclamada por el humilde de los humildes, por el bueno entre los buenos, el pacífico entre los pacíficos. Aquel que por su elevada conducta, es el rey de todos los corazones justos, el que dirige todas las conciencias puras, el que orienta a todos los que deseamos ir hasta ti. Y por eso lo admiro en la ley proclamada, en los ejemplos dados, y me inspiro en las palabras que pronunció, y así como El dijo que debemos perdonar, perdono todas las ofensas; y como dijo que debemos de amarnos, amo a todos mis hermanos; y como dijo que el que desease seguirle debía cargar su cruz, la llevo sin quejarme.
 
Y su figura me parece tan grande, que después de ti, mi Padre, El es mi amor, es mi esperanza, mi consuelo. ¡Señor!, siguiendole, encontraremos nuestra felicidad, nuestro gozo, nuestra vida eterna. Siguiendole, sentiremos paz en nuestra alma, porque seremos pacíficos y humildes. Siguiendole, tendremos nuestro espíritu lleno de esperanza. Por eso, yo le sigo como el criado sigue a su señor, como el pequeñín sigue a su madre. Y cuando me afligen los sufrimientos, le veo clavado en la cruz y sigo firme el camino del Calvario de mi vida, no olvidando el gran ejemplo que nos dio, llevando en mi corazón el agradecimiento y el respeto que le debemos por tan grandes virtudes practicadas, para enseñarnos el camino que conduce a la felicidad eterna.
 
Pido perdón al lector, por haberme demorado en estas consideraciones previas, pero habría considerado una falta de gratitud y respeto al Todopoderoso, si antes de entrar en el desarrollo del texto de GUIA PRACTICA DEL ESPIRITA, no hubiese dado un testimonio de amor y de adoración al Padre, y de agradecimiento y sumisión al Señor y Maestro.
 
MIGUEL VIVES
 
 
 
Artículo extraído de “El Tesoro de los Espiritas”.
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