Bajo la Luz del Espiritismo

IGUALDAD DE DERECHOS ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER II

Continuación de Igualdad de derechos entre el hombre y la mujer I

Encarnar como mujer conlleva la experiencia de la maternidad, ¡y este es el gran factor diferenciador entre los dos roles!, el masculino y femenino. Pues al género femenino corresponde ser la mediumnidad de la vida, es decir, el camino de la vida de todo espíritu. Los condicionantes que la maternidad producirá en la vida de un espíritu, mujer y madre, determinan sus tareas y obligaciones, y le ayudarán a conseguir y desarrollar determinados valores que como hombre difícilmente podría conseguir, máxime lidiando con un número elevado de hijos y la exigencia de una mayor dedicación, y especialmente hoy que la sociedad exige a las madres trabajar y asumir obligaciones en el hogar y en el trabajo, amén de su entrega, renuncia, dedicación y sacrificio hacia los niños a su cargo.

Todo ese desempeño, llevado con naturalidad, dedicación y devoción, es invalorable y define la vida de esa madre en la dedicación y esfuerzo hacia sus hijos, a los que ayudará y preparará ante las luchas de la vida. Entrega que bien canalizada permitirá a esa mujer, a ese espíritu en evolución, dar un paso de auténtico gigante, permitiéndole avanzar en determinadas ocasiones el equivalente a dos o más existencias activas en la Tierra. Este argumento es impensable desde un análisis material, de ahí que muchísimas mujeres renuncien a la maternidad, o sean partidarias del aborto, consecuencia del desconocimiento de las leyes de la vida.

La vida es el don más preciado de que dispone el ser, pues permite al espíritu que en una vida física adelante muchísimo más de lo que haría en el plano espiritual, en su actual punto evolutivo. De ahí la necesidad de defender esas nuevas oportunidades, esas nuevas vidas que comienzan. Y ¡ay de aquellos que, por comodidad o por egoísmo, e incluso por puro materialismo, desprecien la familia!, pues más pronto o más tarde necesitarán experimentar en la vida física con un nuevo cuerpo. Entonces, la ley les mostrará sus escasos méritos para tomar un cuerpo en la Tierra.

A lo largo de estas y posteriores líneas trataremos las muchas implicaciones sobre este controvertido asunto y las veremos progresivamente. Pues únicamente las enseñanzas y principios espirituales podrán ayudar a comprender, en profundidad, la casuística sobre este controvertido asunto y actuar sin transgredir las leyes naturales.

Pero existe una parte importante en esta ecuación que no puede obviarse, una parte imprescindible: el progenitor, el padre, quien es tan responsable o más por su familia e hijos ante la ley, dados los compromisos adquiridos con ellos antes de encarnar. La pareja debe ayudarse y complementarse, y ésta es una asociación previamente pactada en el plano espiritual. Cada uno de los progenitores desempeñará y cumplirá su propio rol, ninguno es superior al otro, ambos se complementan, y ambos son iguales ante la ley, si bien tienen diferentes condicionantes para el desempeño de sus responsabilidades.

Los espíritus se agrupan por su afinidad, por amor y por lazos que se van creando a lo largo de los siglos, y bien cabe que, después de una serie de existencias importantes para ambos cónyuges, se vean en la necesidad de modificar sus experiencias futuras, viniendo como hombre quien antes lo hizo como mujer, y quien antes ocupó un cuerpo de mujer deba hacerlo ahora de hombre; los que antaño fueron hijos deban ser ahora padres, y así sucesivamente. Las posibilidades son incontables y trascienden al ámbito familiar, siendo habitual que en un mismo grupo familiar vengan alternándose los roles a lo largo de los siglos para obtener las experiencias necesarias para su evolución.

Únicamente la barbarie, la falta de educación y el atraso moral en pueblos y sociedades, generan desigualdades y falta de respeto entre ambos sexos. En los pueblos primitivos e incivilizados impera siempre la ley del más fuerte, y es aquí donde la mujer es el sexo más débil. Fruto de ello, las mujeres han venido sufriendo y todavía sufren esclavitud, abuso y discriminación a causa de su condición de mujer. Solo el adelanto moral y la comprensión de los roles puede dar valor a cada sexo; valor a las cualidades que representa al margen de su raza, color, escala social.

El machismo, sentimiento de inferioridad ante el sexo femenino, y digo bien “de inferioridad”, además de ser una actitud equivocada, es más propia de personas y pueblos atrasados, pueblos faltos de ética y moralidad que desconocen las razones del para qué y porqué de su presencia en la Tierra. El espíritu busca las herramientas que le son más útiles, y para ello unas veces ocupará un rol masculino, y otras, femenino.

¡Pobres de aquellos que, haciendo un mal uso de su condición, busquen o cometan abuso sobre los demás, ya sea por riqueza o por su poder, ya sea por creer que, siendo “hombres”, tiene superioridad sobre las mujeres! Tendrán que volver a la Tierra en la condición de mujer que denuestan y que despreciaron, pero no por propia voluntad, sino obligados por la ley y pasando por todos los males y dolores que infringieron a sus semejantes del sexo contrario.

En virtud de todo lo comentado, muchas de las protestas y manifestaciones que se producen hoy se podrían estimar como accesorias, ya que no responden a la realidad espiritual del ser, sino al auge de una denostada “modernidad” que, aunque contenga tintes de verdad y justicia, en el fondo persigue fines fuera de la naturaleza moral y busca, casi en exclusiva, las conquistas materiales; no contemplando los postulados del espíritu, los únicos capaces de encaminar al individuo a tomar las decisiones correctas, velando por un progreso moral, la razón de ser de ésta y todas las reencarnaciones del ser.

Y tampoco implica, ni mucho menos, que se deba perseguir cualquier manifestación en pro de la igualdad de géneros; muy al contrario, su reivindicación es justa y conveniente, pues en ocasiones es la única posibilidad de progresar. Con estos textos buscamos únicamente aclarar las motivaciones de ambos roles y mostrar al individuo la necesidad de ajustarse a sus necesidades de progreso, pasando por todo tipo de experiencias y situaciones. Ciertamente, no se trata de casualidad que determinadas personas adopten un rol masculino y otras un rol femenino, se trata de un ejercicio de voluntad y libre albedrío, ya que este proceso no depende de un determinismo biológico como muchos, carentes de conocimientos espirituales, pueden pensar.

Es conveniente aclarar, aquí y ahora, que igualdad de derechos no supone igualdad de funciones, y este es un factor determinante que suele confundirse. Cada rol o condición contempla funciones distintas, pues hombre y mujer son diferentes y cada rol debe realizar funciones distintas y complementarias. ¡La naturaleza jamás comete errores! En la medida que una sociedad evoluciona, las diferencias se estrechan y los cuerpos físicos también, el ser humano mejora y su cuerpo físico va cediendo, poco a poco, su prevalencia sobre el espíritu, al que va dominando progresivamente junto con el mundo que le rodea, pues al igual que él, ese mundo físico va sutilizándose también progresivamente. Y ya en mundos más evolucionados apenas tiene influencia sobre el espíritu. Muy al contrario de lo que ocurre en los mundos primitivos, donde la naturaleza y los instintos básicos son poderosos y el espíritu, tan débil, apenas sin conciencia y sin experiencias, suele convertirse en un títere de las fuerzas materiales, y los instintos y la animalidad imperan sobre él.

Lo importante para todo individuo en esta experiencia humana habría de ser la propia aceptación, la aceptación sin límites, sin prejuicios, sin miedos, ya que cada persona tiene su propia personalidad, su manera de ser, su carácter, su talante, pero siendo a la vez inimitable y único. El hombre debe aceptarse como es, con sus peculiaridades propias, y crecer exponencialmente. Y esto es de la más pura y simple psicología.

Es una gran equivocación pretender ser aquello que no se es, querer imitar a los demás, querer copiar o parecerse a otra persona. Cada individuo es único y diferente, aunque su punto de partida es idéntico y la suma de sus vivencias le convierte en excepcionalmente único. Y ello no debe menoscabar su esfuerzo para crecer y desarrollar el genio que se esconde dentro de cada individuo.

¡Aparquemos de una vez la envidia hacia otras personas, hacia su estatus o condición personal y social! Estas son únicamente las herramientas necesarias para su progreso, disponiendo cada persona de las suyas propias. En la medida que el individuo sea capaz de usar las herramientas propias para su crecimiento íntimo, el mundo se volverá cada vez más pequeño, y él cada vez más grande. La grandeza está en el propio interior, no en las posesiones, las formas o el renombre.

 

Igualdad de derechos entre el hombre y la mujer II por:  Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

“Todos los hombres se hallan sometidos a las mismas leyes naturales. Todos nacen con idéntica debilidad, están sujetos a iguales dolores, y el cuerpo del rico se destruye como el del pobre. En consecuencia, Dios no ha otorgado a ningún hombre una superioridad natural, ni por el nacimiento ni por la muerte. Ante Él todos son iguales”.

Ley de Igualdad; el Libro de los Espíritus. Allan Kardec.

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