Convivencia

CONVIVIR ES COMPARTIR

Vivir en compañía de otro u otros; así es como define el D.R.A.E. la palabra convivir. Por eso titulamos este artículo “convivir es compartir”. Compartir ideas, vivencias, sueños, ilusiones, proyectos, todo aquello que pueda modelar y dar vida a un conjunto de personas que se reúnen atraídos por un mismo fin.

Vivir en compañía de otros, no es lo mismo que vivir sólo, es algo muy diferente y que en consecuencia nos exige mucho más. Uno se puede exigir mucho o poco a sí mismo, si no comparte nada con otros, a nadie tiene que darle cuentas o explicaciones, no tiene que adaptarse a un conjunto, no tiene que regirse por unas reglas o normas, no tiene que aportar su granito de arena, sus soluciones, sus cualidades, es una modalidad de vida muy diferente.

Vivir en soledad, aporta muy poco a la experiencia humana, no nos enriquece, no tenemos a nuestro lado una brújula que nos indique en que rumbo andamos, no tenemos la posibilidad de medirnos para evaluar que tal lo estamos haciendo. Es tan sólo vivir la vida de forma rutinaria y sin más motivación que buscar o alcanzar una vida cómoda sin que nada nos inquiete o nos moleste.

Este no es el fin para el que estamos llamados. Esta no es la enseñanza y el ejemplo transmitido por los guías y maestros espirituales que buscan en nosotros no sólo que participemos de una vida activa, dedicada al estudio y a volcarnos en la ayuda de nuestros semejantes, sino que debemos aspirar también a dar un ejemplo e imagen de conjunto en armonía y solidaridad entre todos sus miembros. El ejemplo al que estamos acostumbrados es de una vida laboriosa, de trabajo y sobre todo de unión y cooperación entre varios individuos. Esto lo podemos observar en la literatura dictada a Chico Xavier – entre otros médiums-por medio de su psicografía en la que siempre podremos observar que desde el plano espiritual trabajan siempre en equipo y se ayudan y respaldan los unos a los otros cada uno según su preparación y características.

Es por ello que debemos tener claro cómo hemos de participar en nuestro entorno, ya sea en la vida familiar, laboral, social y por añadidura y con más razón en los grupos espirituales.

Convivir es algo más que reunirnos, es hacerlo bajo la responsabilidad del respeto al otro, de la tolerancia, de la activa participación, aportando nuestras características, nuestra personalidad, nuestro apoyo, nuestras opiniones, etc. La pasividad, la comodidad, la monotonía son los enemigos a ultranza de los grupos espirituales.

La pasividad porque nos hace pensar que hay otros más preparados que nosotros para realizar las actividades, para pensar, para organizar, para hablar, etc., esta es una postura muy común, y muy fácil de llevar a cabo: no hago nada, no me equivoco, no me esfuerzo, voy montado en el vagón, y cuando algo no beneficie a mis intereses con hacer marcha atrás, con negar mi participación, es suficiente, y cuando las cosas salgan mal siempre puedo echar la culpa a los que se ocuparon de aquella tarea. Somos los últimos en participar y los primeros en criticar.

La comodidad, porque es muy fácil dejarse llevar, siempre y cuando yo sea un mero espectador, estoy pero sin estar, quiero todos los derechos pero obligaciones pocas o ninguna. Estos miembros del grupo que obran así son un peligro para la subsistencia del mismo, porque son un foco de atracción de entidades de baja condición, que poco a poco irán creando un ambiente de relajación y de inactividad en el grupo que va minando las fuerzas de los que si quieren realizar actividades pero que ven sus fuerzas e iniciativas menoscabadas por los que vibran en esa otra sintonia.

Estos dos factores conllevan como digo a un malestar en el entorno del grupo, una división de fuerzas y de iniciativas que chocan entre sí, son el puente hacia las discusiones sin sentido, la falta de afecto, de compromiso, de unión en una palabra. Y sin unión como estamos comprendiendo, un grupo está abocado o bien al fracaso o bien a su destrucción. Todo ello degenera en una situación del grupo mucho peor ya que las puertas quedan abiertas para entidades de mucha peor condición que las anteriores, que sin duda abocarán al conjunto a un estado lamentable de confusión y de enfrentamientos que harán que este deje de estar enfocado y encaminado hacia los fines que se propuso.

Todo lo contrario ocurre cuando en un grupo hay armonía, atracción y cariño entre sus componentes, y además buena voluntad y deseos de trabajar, entonces las ideas fluyen poco a poco, estas se van materializando en realizaciones y objetivos cumplidos, esto a su vez fortifica a todos los compañeros, se vigorizan más los lazos de unión, crece el estímulo y el entusiasmo en todos, y se crea un ambiente de protección contra las fuerzas negativas, a la misma vez que la parte espiritual positiva se siente vinculada y también con el compromiso de amparar y proteger a este grupo.

Con ello también crece la responsabilidad, por supuesto, y no significa que no hallan obstáculos y cosas que superar, estos siempre los habrá, que nadie lo dude, porque seguimos siendo imperfectos, pero con la buena predisposición, la humildad, las ganas de trabajar y la ayuda del mundo espiritual todo se consigue.

Pero hemos de saber que todo ello no viene por inercia, porque pertenezcamos a un grupo bajo las siglas “grupo espírita”, no, no nos engañemos, todo esto viene como consecuencia de un trabajo interno de muchos años, y de un trabajo enfocado a la armonía y buen hacer del conjunto en general, renunciando y sacrificando muchas cosas particulares en beneficio del grupo. Es lo mismo que ocurre con la mediumnidad, podemos ser médiums porque se nos ha concedido dicha facultad, de ahí ha desarrollarla y llevarla a la práctica con todas las garantías va un mundo, no es así, pues lo mismo ocurre con el espiritismo; podemos serlo por creencia pero por hechos tenemos que demostrarlo.

Los grupos espirituales hemos de huir del misticismo, del ostracismo, de cualquier parecido a las manifestaciones religiosas de épocas remotas. No olvidemos que muchos de nosotros provenimos de dichas fuentes, arrastramos tendencias de otros tiempos que no tienen nada que ver con los momentos actuales. Ahora hemos venido sobre todo a dar ejemplo de alegría, de simpatía, de dinamismo, de cordura, de aperturismo, debemos abrirnos a la sociedad, somos nosotros los que debemos acercarnos a la sociedad, y no al contrario.

Para ello debemos empezar dando ejemplo sincero dentro de nuestro propio grupo. Si no sabemos vivir en compañía con el otro, siendo este nuestro propio compañero de grupo, cómo pretendemos saber vivir con el resto, es algo muy difícil, porque con el compañero de grupo lo tenemos todo a favor, con esto quiero decir que el terreno para la confianza está abonado, para poder ser escuchados, para poder abrir nuestro corazón sin ningún miedo ni temor, porque prima por encima de todo el respeto, la tolerancia y la comprensión, ya que ninguno de nosotros somos perfectos y nos necesitamos todos por igual.

Jesús enseñó a sus discípulos un nuevo mandamiento: Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. ¿Qué somos nosotros sino unos sencillos discípulos más? ¿Y cómo podemos amarnos si no convivimos entre nosotros, y no compartimos ni las ideas, ni los problemas, ni aportamos nuestro grano de arena para que se puedan ir realizando los proyectos y las metas comunes?

Me pregunto si un grupo que no practica la convivencia puede llamarse grupo. Se podrá llamar reunión de estudios, centro de investigación, lo que sea, pero centro espírita o espiritualista de cualquier índole sería cosa de verlo, porque le falta lo principal, la salsa de toda agrupación la amistad, la unión y el compromiso homogéneo.

La escasa convivencia, la falta de conocerse entre los miembros de un grupo, la falta de cariño sincero, crea un vacío en las relaciones, un profundo desencuentro y desilusión en muchos de sus componentes que optan por el abandono, y es un agujero directo para la penetración de las fuerzas inferiores, de esos hermanitos que buscan nuestras debilidades para atacarnos y provocar la nulidad en los grupos.

Es lamentable comprobar que esto es un hecho fehaciente en todo el mundo, se cuentan los grupos por número, pero no por su preparación y su penetración en la sociedad y por el modo en que propagan la doctrina y la dan a conocer. En este sentido hemos de tener en cuenta que no importa la cantidad, sino la calidad. El mundo espiritual no busca número, sino personas implicadas, preparadas, instruidas y con ganas de trabajar. El trabajo sepamos de una vez por todas que comienza por el conocimiento de uno mismo, y de los esfuerzos que realizamos por mejorarnos y regenerarnos. Convivir entre sí los miembros de un grupo es una parte más de este laborioso trabajo. En este aspecto la convivencia es un aliado extremo que nos aporta un sin fin de ventajas y apoyos para que vayamos conociéndonos y mejorando paulatinamente nuestra conducta y las maneras de relacionarnos con los demás.

Por poner un ejemplo material, véase lo que ocurre en un equipo deportivo, puede estar formado por grandes individualidades, pero si a nivel de conjunto no funciona, si no se ayudan mutuamente, si no están compenetrados, si no hay simpatía, sino rivalidad, si no hay altruismo sino egoísmo, si no se piensa en el equipo, lo que ocurre es que este equipo no funciona, pues lo mismo ocurre en el aspecto espiritual, debemos ser un equipo, basta con probarlo y proponérnoslo es lo mas bonito que nos puede pasar.

Animamos desde aquí a todos los grupos a emprender este trabajo de unión y compromiso a través de la convivencia, consideramos que es una faceta olvidada, y sin embargo trae tantos frutos positivos que no nos podemos imaginar como cambia la iniciativa y la dinámica de un grupo, y como cambian las personas cuando todas, desde la primera hasta la última se sienten valoradas y útiles, porque no olvidemos que todos somos necesarios, pero ninguno imprescindible.

Pueden haber otros caminos pero tan ventajosos y directos como el de convivir junto a un grupo bien formado y preparado lo dudo mucho.

Fermín Hernández Hernández

© Amor, paz y caridad 2014

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